Pachamama, esa Diosa Madre andina que representa el espacio-tiempo, venerada por los pueblos de Los Andes.
El 1 de agosto, América Latina entera se detiene para mirar hacia abajo, hacia esa tierra que sostiene cada paso que damos. Es el Día de la Pachamama, la Madre Tierra, y es también un día para detenerse a agradecer.
Hoy elevo mi ofrenda con las manos abiertas, no para pedir, sino para agradecer. Agradezco la prosperidad que ha llegado como fruto maduro del sacrificio, la constancia y la perseverancia. Nada de lo que hoy sostengo nació del azar: nació del trabajo silencioso, de la siembra diaria, de la fe puesta en cada intento.
Y en este agradecimiento, comprendo algo más profundo: la Pachamama no solo nos da alimento y cobijo, nos da también una lección constante de equilibrio. Ella no exige, ella sostiene. Ella no juzga, ella acoge. Y aun así, muchas veces olvidamos escucharla.
Creo, con toda el alma, que si tan solo abriéramos el oído a su voz —al viento que susurra entre las hojas, al agua que canta al correr, al silencio profundo de la montaña— estaríamos mucho más cerca de eso que todos buscamos y llamamos armonía, felicidad, plenitud.
La tierra no habla con palabras, habla con ciclos. Y hoy, en este nuevo ciclo, pido que sea uno de paz. Un ciclo sin pensamientos mezquinos, sin afrentas, sin guerras. Un ciclo donde sembremos gratitud y cosechemos comunidad, donde cada uno de nosotros sea, a su manera, guardián de esta casa común que compartimos con todos los seres.
Que la Pachamama nos siga enseñando lo que ya sabe desde siempre: que dar y recibir son parte del mismo latido, y que la verdadera riqueza está en la armonía con lo que nos rodea. 🌿🙏🏼










