Invierno

El invierno …
esa estación callada que invita a mirar hacia adentro,
a reflexionar con el corazón arropado por el silencio.
Va a su propio ritmo, lento, sabio, profundo.
Y por eso, siempre conviene guardar algo para él:
cosechas de amor,
caricias de los veranos del alma,
alegrías recolectadas en las primaveras de la vida.

En la siembra, aprende.
En la cosecha, enseña.
Y en el invierno… disfruta.

El aire frío todo lo transforma:
entre el filo seco que corta las mejillas
y la calidez de ciertos aromas,
el invierno crea su propia alquimia.

Es ese instante en que el alma se estremece
al oler canela y nuez moscada,
pan de jengibre, abeto en el suave humo,
y la leña ardiendo lentamente
como un abrazo antiguo que no se olvida.

Es en ese perfume del fuego y la especia
donde el alma encuentra abrigo,
y el corazón…
una tregua sagrada.

invierno


Invierno en el alma

Invierno en el alma, verano en la espera.
Junio se despide en silencio,
y el invierno clava su impronta
en el sur del mundo…
y en el centro del pecho.

Un día muy frío.
Un corazón helado.
Una piel de hielo que no se deja tocar.
Hoy, la vida parece no tener sentido,
y sin embargo,
amo esta soledad que no pide explicaciones,
ni justifica sus pasos.
Solo está, como el hielo:
fría, densa, verdadera.

Hace tiempo que mi reloj no funciona.
Las horas se deshacen,
como escarcha bajo la mirada del sol.
¿Cuántos pasos me quedan
por dar en este invierno interior?

Amo el verano,
sus sofocones, su entrega sin pudor.
En el campo,
la vida se da la mano con el calor
y florece sin permiso.
El invierno, en cambio, encierra,
pero también prepara.

Y en medio del gris,
siento un arco iris en ciernes,
prófugo de alguna tormenta pasada.
Vendrá con el primer rayo de luz,
como un milagro anticlimático,
como quien ha esperado toda una vida
para nacer de nuevo.

Olvidé —sí—
que tras los nubarrones
se esconde un cielo intacto.

Hay algo en estos días
que conecta con nuestra escala íntima,
esa sensación de estar quebrados,
como Ícaros sin alas
mirando mundos que no podremos colonizar,
pero que aún así nos llaman.

La vida es un río que no regresa.
Cada piedra, una prueba.
Cada curva, un gesto de paciencia.
En un rincón remoto,
el río nace como una mano tímida
que busca tocar el mar.
Y en su andar,
aprende la humildad,
la fuerza del que no se detiene,
la sabiduría de quien escucha
el canto de los pájaros
y abraza los valles sin miedo.

Al llegar al mar,
el río comprende:
no era la rapidez lo que lo haría eterno,
sino la constancia,
y la forma en que tocó al mundo en su viaje.

Así también nosotros.
En esta estación seca,
en esta pausa sin lluvias,
el alma se prepara.
Y aunque hoy no llueva,
el verano vendrá
a llenar de colores
los cauces que aún duelen.

invierno

Los tres soles y el secreto del monte

Tres soles despuntan.
La fría mañana lo cuenta todo,
sin palabras, sin premura.
Las heladas extienden su manto,
cubriendo el espacio y al tiempo
con susurros de escarcha,
nutriendo con sombras el brote invisible
de una historia que florece
entre los escombros del ayer.

Las hierbas marchitas,
que alguna vez fueron verde esperanza
en alguna primavera sin nombre,
hoy se tiñen de ronchas pardas en la piel,
memoria viva
de besos que ardieron sin respeto,
de caricias que no supieron esperar.

Y aun así,
el día se abre con tres soles
despuntando en el horizonte helado.
No uno,
sino tres latidos de luz
levantándose sobre el follaje dormido.

El primero:
el sol dorado,
que abraza las montañas con dedos tibios
y despierta el canto oculto de la piedra.

El segundo:
el sol del corazón,
ese fuego invisible que late en el pecho
y empuja los sueños con ternura incansable.

El tercero:
el sol de los sueños,
que galopa con ansias sobre los días por venir,
como un caballo de luz
cruzando el río del tiempo.

La brisa de la mañana danza,
libre entre los árboles,
y les arranca verdades en tonos verdes,
pintadas por el pincel solar.

Entonces pregunto al monte,
a ese guardián del misterio:
—¿Cómo se llaman estos tres corazones,
estos apapachos del alma?

Y el monte,
con su voz de savia y piedra,
me responde en silencio:

—Las respuestas están escondidas.
Una duerme en tu alma.
La otra… en el pulso de la vida.

tres soles

Renacer

Renacer entre sonrisas
Un domingo, hace ciento tres años
—o quizás solo un suspiro cósmico atrás—,
nacía este duende gruñón,
con el corazón lleno de fuego
y las manos abiertas al asombro.

Según los sabios chinos,
serpiente de madera,
antiguo y flexible como los árboles
que recuerdan el viento.

Según los egipcios… nadie.
Ellos no creían en duendes,
pero tal vez sí en milagros
que caminan de puntillas.

Ese sol que vive en el corazón,
representante exclusivo de Dios
y que no pide permiso para brillar,
hoy anuncia que comienza otra danza,
una nueva vuelta
en esta espiral de luz y sombra
que llamamos vida.

Hay tanto que agradecer…
Tantas mañanas soñadas con el alba,
tantas lunas compartidas con el sueño,
abrigando con amor cada latido del tiempo.

Feliz renacer para mí.
Feliz vuelta al sol.
Y que las hormigas de la vida
—esas pequeñas obreras del destino—
se lleven las penas y los dolores,
para enterrarlos donde florezcan
nuevos sueños,
nuevas risas,
y alocadas esperanzas.

Hoy es un día común,
sí…
pero el duende gruñón
ríe con el alma.
Porque hoy no se suma un año:
hoy se renace 🌞✨

Feliz renacer, duende del tiempo.

Feliz latido de vida ♥️

renacer

Hace un mes

Hace un mes,
Nos separamos…
y ya está con otra persona.

¿Tan fácil fue olvidarme?

Pero no, no fue olvido repentino.
La verdad es que muchas veces,
una relación termina mucho antes de decir adiós.
A veces, el duelo comienza
cuando aún se duerme en la misma cama,
pero las miradas se esquivan,
las palabras ya no abrigan
y el deseo se disuelve en la rutina.

No dejamos de amar cuando nos vamos,
dejamos de amar cuando dejamos de vernos,
de escucharnos,
de tocarnos el alma.

Y así, los tiempos del duelo se vuelven desparejos:
unos sueltan antes,
otros sueltan después,
y algunos… no sueltan nunca.

Por eso, una relación no muere el día en que te separas,
sino el día en que uno de los dos
deja de sentir,
y empieza, en silencio, a despedirse.
A veces, sin que el otro lo note.

¿Y por qué cuesta tanto soltar?
Porque creemos, en lo más hondo,
que si retenemos,
esa persona volverá a querernos
como al principio,
que algo renacerá.
Pero no vemos que, al aferrarnos,
nos herimos…
y herimos.

Amar también es saber dejar ir.
Porque el amor no se aferra,
el amor abraza,
y si llega el momento,
también suelta.

La posesión y el miedo no son amor,
son cadenas.
Y soltar no es perder,
es liberarse,
abrir espacio a lo nuevo,
honrar el tiempo compartido
y agradecer, incluso, la despedida.

Cuando alguien ya no quiere estar,
se le abre la puerta…
y se le desea buen viaje.
Porque cada alma tiene su camino,
y aprender a soltar
es también un acto de amor.


🪶 Desde el alma, para sanar.

 


mes

El Libro de los Días

Lees el libro y, al pasar la página,
mil caminos se abren en tu alma;
entonces, el amanecer de la razón
enciende tu mirada,
y así, con la llave del corazón descubres
el reino sereno donde habitan los sabios.

Lees el libro y, una vez más, al pasar la página,
algo dentro de ti cambia.
Porque no es solo tinta y papel:
son semillas de mil futuros.

En efecto, cada palabra es un umbral,
mientras que cada silencio, una revelación.

De nuevo, el amanecer de la razón ilumina
tus ojos cansados,
y de pronto, ves con claridad
lo que siempre estuvo allí.

Entonces, con la llave del alma en la mano,
descubres el reino callado
donde habitan los sabios:
ese lugar dentro de ti
que desde siempre supo el camino.

libro