Muy adentro

Muy adentro, en un rincón que a veces ni uno mismo conoce,
algo se instala despacio, como un susurro que busca lugar.
No siempre sabemos si es huésped o sombra pasajera,
pero con el tiempo descubrimos
que incluso aquello que incomoda puede volverse maestro.

La vida, con su manera sencilla de mostrar lo esencial,
nos recuerda historias como la de aquel anciano
que un día se lamentaba por no tener zapatos.
Hasta que encontró a un hombre pleno y sonriente
que caminaba sin pies.
Entonces comprendió que la gratitud abre puertas
que la queja mantiene cerradas.

Y así, paso a paso, entendemos que la verdadera libertad
no depende de lo que ocurre afuera,
sino del espacio luminoso que cultivamos dentro.
Quien se conoce, quien ha despertado a su propia claridad,
camina ligero:
nada puede quitarle la paz que nace de su centro.

adentro

Miramos, miradas

Si lo miramos desde otro ángulo,
la vida se vuelve un río que nunca deja de moverse.
Nada permanece igual, y aun así, algunas huellas
se vuelven eternas en la arena íntima del corazón.
Hay presencias que viven en nosotros sin acompañar nuestros días,
instantes fugaces que brillan como luciérnagas
y caminos que, por más que intentemos, nunca se encuentran.

Nos acercamos, nos reconocemos, nos soñamos…
y también aprendemos a soltar.
En ese gesto nacen los silencios:
espacios que parecen vacíos,
pero que en verdad son semillas donde germina la propia voz.
Ahí, en ese abrazo invisible,
descubrimos que nunca estamos del todo solos:
siempre nos acompaña la esencia que somos.

Y cuando al fin levantamos la mirada,
comprendemos algo dulce y profundo:
extrañar no es perder,
es permitir que alguien siga habitándonos en silencio,
como una luz suave que permanece,
aunque ya no escuchemos sus pasos cerca.

miramos

Silencio a aquel que no lo sienta

Silencio.
A aquel que no lo sienta,
no intentes explicarle el cariño,
ni los sabores que guarda la amistad.
Las razones se enseñan,
los manuales se estudian,
pero el amor…
el amor se revela solo,
en el pulso donde la vida
se hace eterna,
en el rincón secreto
donde Dios escondió su esencia
para brillar en nosotros como chispa divina.

A aquel que no lo sienta,
no le hables del cariño,
no vale la pena.
Guarda silencio.
Evitarás que te miren
como a un loco,
como a un pez que nada
fuera de su río.

Los que nunca amaron,
nunca lloraron,
los que no bebieron sus lágrimas por amor,
no podrían entenderlo.
Y es justo por eso
que el misterio del amor
permanece invicto,
callado,
pero vivo en quienes aún creen
en su milagro.

silencio

Lo que nunca existió

Hay amores que no fueron,
pero laten en el silencio
como una flor que nunca abrió sus pétalos
y aun así perfuma el aire.

Hay verdades que se esconden
bajo la lengua,
palabras que tiemblan
antes de nacer,
miradas que dijeron demasiado
cuando el corazón aún callaba.

Nos mentimos sin saberlo,
creyendo que el silencio bastaba,
que el gesto o la costumbre
eran un idioma suficiente.
Y sin embargo, en lo profundo,
algo sabía que dolería un día
todo lo que no dijimos.

Fuimos dos que se rozaron
sin encontrarse,
dos mares sin orilla,
dos fuegos que no ardieron juntos
pero que aún se reconocen en el humo.

El tiempo pasó sobre nosotros
como una ola sin nombre,
borrando las huellas,
dejando la certeza tibia
de que hubo algo,
aunque la vida jure que no.

Y así, cada tanto,
cuando cae la noche y el alma se abre,
siento ese eco antiguo,
esa sombra luminosa
de lo que nunca existió
pero nunca se fue.

nunca

La edad del atardecer

Voces dicen, que la madurez es la edad del atardecer.
Pero hay atardeceres ante los que todos se detienen a mirar.
Una sensación de armonía, plenitud y belleza lo envuelve todo.
Es el punto exacto donde el mar ya no necesita demostrar nada;
su sola quietud basta, su elocuencia está en el silencio.

Entonces la tarde, en ese instante que abraza el crepúsculo,
vuelve de color violeta a los seres y a las cosas.
Hace una pausa, eclipsa su corazón…
Tan sólo para ver su belleza.
y, sin sonrojarse, le devuelve un beso en las mejillas del tiempo.

atardecer