El frasco es una moraleja de nuestro tiempo.
Hoy…
Leyendo entre páginas viejas encontré este cuento que tiene el peso de una piedra arrojada al agua: pequeño, pero los círculos que forma llegan hasta la orilla.
Cien hormigas negras. Cien hormigas rojas adentro de un frasco. La naturaleza, en su sabiduría silenciosa, las hace cohabitar. No hay enfrentamiento donde no hay agitación.
Pero llega una mano. Agita el frasco. Y en ese instante —ese brevísimo instante— el frasco se convierte en un mundo donde solo existe el enemigo de al lado. La hormiga roja olvida a la mano que sacude. La hormiga negra también. Ambas recuerdan únicamente la amenaza que tienen frente a los ojos.
¿Cuántas veces hemos sido esas hormigas?
Porque lo mismo ocurre afuera del frasco, en ese territorio más vasto y complicado que llamamos sociedad. Los poderes económicos que mueven hilos invisibles, los gobiernos en la sombra que pronuncian palabras de paz mientras financian discordias, los filántropos de última hora que de pronto descubrieron que tenían alma —quizás porque ya tienen todo lo demás— agitan, agitan, agitan.
Y nosotros peleamos.
Peleamos por el color de la piel, por el lado de la frontera donde nacimos, por el dios que invocamos o por ninguno, por las ideas que heredamos sin elegir. Por política, por políticos que ni siquiera nos reconocen . Nos atacamos con la ferocidad de quien defiende su vida, sin advertir que la vida que defendemos ya estaba siendo devorada por quien sostiene el frasco.
La pregunta que esta parábola nos deja no es sencilla, porque exige detenerse. Y detenerse duele cuando el vértigo del conflicto se ha vuelto costumbre.
La pregunta es: antes de lanzarme contra quien tengo al lado, ¿puedo mirar hacia arriba y ver quién agita?
No para rendirse, ni para caer en la parálisis cómoda del «todos son iguales» o el nihilismo elegante de quien ya no cree en nada. Sino para elegir con conciencia dónde poner la energía, la indignación y la fuerza.
El frasco tiene paredes de vidrio. Son transparentes. Solo hace falta dejar de mirarse los unos a los otros para ver, con toda claridad, la mano que lo sostiene.
Detente. Respira. Mira hacia arriba. El verdadero enemigo no vive en el frasco contigo.










