Los tesoros de los humildes

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Humildes y humildad, voces similares, alcances diferentes .

Humildad no es sinónimo de carencia.

Pero quienes crecieron acompañados por las privaciones, por los «ahora no se puede» repetidos hasta el cansancio, sin dudas la conocieron primero así: como una compañera de cuarto que nadie invitó pero que tampoco se fue. Crecieron juntos.

No es que quienes tienen mucho no puedan ser humildes. Pueden. Pero es difícil, y decirlo no es un juicio sino una observación: es complicado aprender a soltar cuando nunca hubo nada que soltar obligatoriamente.

Los humildes, en cambio, aprendieron a forjar sueños. Sueños que muchas veces chocaron contra una realidad que parece sorda, muda, impermeable a todo vapor onírico. Una realidad que no responde a cartas, ruegos ni voluntades. Una realidad que simplemente continúa, indiferente y pétrea.

Por suerte, existe el libre albedrío para terminar el problema…
¿Existe de verdad?
¿Alguien lo ha visto?
¿O es una de esas palmadas en la espalda que la vida reparte generosamente entre quienes sufren y esperan, para que lo hagan en silencio y con una sonrisa agradecida?

Desenroscamos el ovillo una vuelta y todo se vuelve más claro,
aunque no más justo.
El libre albedrío, a veces, no funciona. Lo explican los acuerdos de almas, los votos de pobreza que se arrastran de otras vidas, los viejos karmas y algún otro impedimento invisible que nadie firmó conscientemente pero que igual cobra.

El alma eligió antes de nacer, dicen. Eligió aprender. Eligió la carencia como maestra. Elegante explicación para una injusticia que duele igual.
¿Entonces cómo se resuelve?

Como el libre albedrío no responde —nunca responde— la solución queda postergada.
Pendiente para otra vida, tal vez. O para la siguiente.
O para alguna en la que finalmente se hayan saldado todas las deudas kármicas y el alma pueda, por fin, descansar sin deber nada a nadie.

Y mientras tanto, acá, en esta vida, la humildad sigue siendo las dos cosas a la vez: una virtud del espíritu y una condición económica.

Una llena el alma de paz y regocijo genuinos. La otra vacía la alacena. Y por más que sean la misma palabra, no son la misma experiencia.

Hay personas que nacieron con poco y nada, que son humildes de corazón, que entienden la impermanencia, que no acumulan rencor ni posesiones, y que aun así —o precisamente por eso— difícilmente puedan cambiar su situación material. Porque la humildad espiritual es una conquista del alma, pero no paga el alquiler ni compra zapatillas porque son caras.

Y alguna vez, en algún momento de hartazgo completamente legítimo, esas personas le dicen al libre albedrío, al karma, a los acuerdos de almas y a toda la arquitectura espiritual que lo justifica, que ya están hartos…
Que la humildad cuando es sinónimo de carencia no es una virtud: es una carga.

Que se escuche. Aunque sea una vez.

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error: Letras de los Sabios!!