El Amor Seco y la Semilla del Olvido

Hay una planta que crece en los bordes del camino, entre la tierra seca y el viento que no pregunta. La llaman amor seco —qué nombre tan exacto y tan cruel al mismo tiempo— y su semilla no vuela como el diente de león buscando aire y altura. No. Esta semilla espera. Se aferra. Se clava en todo lo que pasa cerca, en la lana del perro que corre libre, en el dobladillo del pantalón del niño que juega sin saber, en el hilo suelto de cualquier descuido. Y así viaja. Así conquista. Y así se multiplica, sin pedir permiso, sin dar nada a cambio.

La Bidens pilosa no conoce el amor. Solo conoce la persistencia.


Hay una parte de nuestra humanidad que ha aprendido ese mismo arte.

No el arte de florecer, ni el de dar sombra, ni el de alimentar al que tiene hambre. Sino el arte de adherirse. El arte de clavarse en las instituciones, en los alimentos que llevamos a la boca, en la energía que calienta nuestros hogares, en la medicina que debería sanar y a veces ya no sana como debería. Se llaman a sí mismos supremacistas —y pronuncian esa palabra como si fuera un trofeo, como si la altura de un ser humano se midiera por cuánto puede pisar al que tiene al lado.

Qué tristeza tan profunda habita en quien necesita sentirse superior para sentirse vivo.

Porque el supremacismo no es fortaleza. Es el síntoma más elocuente de un amor que murió adentro hace mucho tiempo. Un amor seco. Exactamente eso: amor seco, sin raíz húmeda, sin la savia que hace que dos seres se miren y reconozcan en el otro algo de sí mismo.


Y sin embargo, aquí estamos los demás.

Los que solo queremos lo que siempre quisimos: un techo que no se llueva, un plato en la mesa, la mano de alguien querido cerca cuando la noche pesa. Los que aprendimos —o intentamos aprender cada día— que la diferencia en el otro no es una amenaza sino una pregunta, una puerta, una posibilidad de hacernos más grandes por dentro.

En pleno siglo XXI, con toda la memoria acumulada de lo que nos hicimos unos a otros, con todos los libros escritos y todos los maestros que caminaron por aquí susurrando que hay otra manera de ser, todavía tropezamos con la misma piedra antigua. La piedra del miedo disfrazado de poder. La piedra del odio que se viste de bandera.

Cuesta no sentir una tristeza larga, como de tarde de otoño sin final, cuando se mira ese panorama de frente.


Pero hay algo que la Bidens pilosa no sabe hacer: no sabe amar.

Y nosotros sí.

Ahí está nuestra diferencia. Ahí está, quizás, nuestra única y verdadera ventaja. Porque el amor —el que no está seco, el que tiene raíces que buscan agua en lo profundo— también se propaga. También se pega. También viaja en el dobladillo de los días y se cuela por las grietas de lo que parece imposible.

Una canción tarareada en un colectivo. Una mano extendida sin preguntar de dónde viene el otro. Un huerto compartido. Una mesa abierta. Una escucha genuina. Un «¿cómo estás?» que espera de verdad la respuesta.

Esas son nuestras semillas. Molestas también para los que no quieren que germinen, incómodas para el orden que prefiere el miedo al entendimiento. Pero nuestras semillas no pinchan: abrazan.


Quizás el trabajo de estos tiempos no sea exterminar el amor seco —eso ya lo hará el tiempo, como hace siempre con todo lo que olvida nutrirse— sino ser tan persistentes como él, pero en sentido contrario.

Pegarnos a la vida con el mismo tesón, pero para florecer.

Propagarnos, sí. Pero con fragancia.


amor seco

El mundo que soñamos no cae del cielo. Lo sembramos, con paciencia, con las manos en la tierra y el corazón abierto, un día a la vez.

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