La quimera de la felicidad

La felicidad: lo que la vida me enseñó…

En los muchos años que llevo transitando el chamanismo, he aprendido que las conversaciones más verdaderas no ocurren durante las ceremonias sino antes y después de ellas.

En ese tiempo sin reloj, sin protocolo, donde el alma baja la guardia y habla. He escuchado cientos de vidas desplegarse frente a mí como mapas de territorios difíciles. Aflicciones, pérdidas, miedos enquistados, heridas que llevan décadas sin cerrarse. Y de todo ese escuchar, de toda esa acumulación de confidencias sagradas, una conclusión se fue volviendo inevitable: Para la gran mayoría de las personas, la vida es predominantemente sufrimiento. Salpicada apenas por pinceladas de alegría, puntuales y espaciadas.

No lo digo como diagnóstico clínico ni como sentencia pesimista. Lo digo como observación honesta de quien ha tenido el privilegio  —y también la carga— de ser testigo de muchas almas en su momento más desnudo.

Cuando pregunto a las personas por sus momentos más felices, algo curioso y doloroso sucede: la mayoría hace silencio. Piensan. Buscan. Y finalmente ofrecen una situación, dos, a lo sumo tres. Un nacimiento, un reencuentro después de años de distancia, un logro que costó mucho. Algunos, los que más me han marcado, confiesan con una honestidad que duele, que no recuerdan momentos realmente felices. No porque no los hayan tenido necesariamente, sino porque el peso de lo difícil los ha opacado hasta volverlos casi invisibles.

Durante mucho tiempo supuse que esta condición era patrimonio de quienes vivieron la escasez, la lucha, la vida sin red de contención.
Pensé que la felicidad más plena, la sostenida y abundante, era un privilegio reservado a los que tenían mucho. La nobleza, los poderosos, los que nunca tuvieron que preocuparse por el pan ni por el techo. Esa suposición me pareció razonable durante años, hasta que un libro la desmontó sin piedad.

Llegó a mis manos casi por azar, como suelen llegar las cosas importantes, las memorias de una princesa. Página tras página no relataban esplendor sino encierro. No libertad sino protocolo. No plenitud sino la angustia permanente de no poder ser. De no poder hacer, de vivir bajo el peso constante de los ojos ajenos y las expectativas dinásticas. Sus memorias eran, en el fondo, un diario de la infelicidad dorada. Tenía todo lo que el mundo considera valioso y carecía de casi todo lo que en verdad llena el alma.

Ahí comprendí algo que el fuego de las ceremonias ya me venía susurrando desde hace tiempo: la vida jamás le da todo a nadie.
A algunos les da abundancia material y les quita espontaneidad, anonimato, la libertad de equivocarse sin que nadie mire. A otros les da poco y nada en términos de bienes, pero les regala vínculos profundos, tiempo sin agenda, la intimidad de lo simple. Lo que a uno le sobra suele ser exactamente lo que a otro le falta. La vida distribuye con una geometría misteriosa que ninguna fortuna puede corregir del todo.

Y entonces, ¿qué es la felicidad?

En las tradiciones que camino, no existe una palabra equivalente a la felicidad tal como la entiende el mundo moderno: ese estado permanente, luminoso y sin fisuras que la publicidad promete y la mayoría persigue sin encontrar. Lo que existe es la armonía, el equilibrio entre lo que se tiene y lo que se necesita. Entre lo que se da y lo que se recibe. La felicidad, esa palabra tan cargada y tan quimérica, es en realidad una simplificación. La suma acumulada de muchos momentos de alegría genuina, separados por la vida cotidiana, por el esfuerzo, por el dolor que también enseña.

No es un destino. Es en realidad una cosecha.

Y como toda cosecha, depende de lo que uno decide sembrar. De las cosas que la vida nos da a elegir. —Porque siempre hay algo que elegir, aunque el margen sea angosto — conviene inclinarse por las que dejan huella luminosa. Las que, al final de los días, cuando uno mira hacia atrás sin poder ya cambiar nada, permiten decir: al menos en esos momentos, fui feliz. Tuve armonía. No lo tuve todo, pero tuve lo que importaba.

Eso es lo que el fuego enseña. Eso es lo que las almas confiesan cuando bajan la guardia.

Es lo que la vida me enseñó sobre la felicidad .

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