Las Memorias del Fuego

Las memorias del alma habitan desde siempre en las cosas simples. Basta un pequeño símbolo.
—Una brasa, un grano de tabaco, el crujir de la leña—
Para que todo lo dormido despierte y vuelva a latir.

Las almas en círculo, sentadas sobre la tierra que nos sostiene y nos recuerda quiénes somos. La ofrenda de tabaco tendida con manos abiertas, como se ofrece lo genuino: sin condición, sin cálculo. Y el gran Abuelo Fuego presidiendo ese confluir de energías. Recogiendo con su lengua de luz nuestras plegarias más íntimas, nuestras intenciones más verdaderas.

La llama danza y en su danza atrapa. Conecta lo que creíamos separado, une lo que el tiempo y el olvido habían dispersado. Y entonces llega el silencio —ese silencio que no es vacío sino respuesta, que no es ausencia sino la voz más honesta que conocemos. La voz de nuestro interior que dice lo que necesitamos escuchar, aunque no siempre guste oírla, aunque a veces duela como duele lo verdadero.

Así los minutos se vuelven horas sin que nadie lo advierta. Un mar de serena quietud todo lo invade, y besa suavemente las arenas de cada pie que dijo presente, de cada alma que eligió el círculo en lugar de la soledad.

No hay destino escrito ni camino trazado de antemano. Solo existe el que vamos construyendo juntos, con nuestras almas en comunión, piedra a piedra, intención a intención. Y lo vivido sube con el humo en la eterna espiral —esa que nunca regresa, porque lo que sana en el fuego ya no necesita volver atrás.


El fuego no olvida lo que le entregamos. Tampoco nosotros. Memorias del alma que cobran vida.

memorias

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

error: Letras de los Sabios!!