Qué misterios guardan los caminos del destino,
esos senderos de polvo estelar
que se entrelazan sin prisa
bajo la mirada silenciosa del cielo.
A veces, hacemos lo imposible
por acercar un alma a la nuestra:
levantamos plegarias como cometas,
tendemos puentes hechos de esperanza,
hilamos deseos con el hilo más fino del corazón.
Y aun así, nada sucede…
como si el viento eligiera callar
y el universo respondiera con un suave “todavía no”.
Otras veces, sin buscarlo,
dos pasos ajenos se tropiezan,
dos vidas se reconocen,
y el encuentro nace sin esfuerzo,
sin ruegos, sin demanda,
como si todo hubiera estado pactado
antes de nuestro primer respiro.
Hay caminos que jamás se tocan,
corrientes de vida que viajan paralelas al olvido,
como saludos breves
que el tiempo deshace en un soplo.
Hay otros que se cruzan solo un instante,
apenas un destello,
y luego vuelven a alejarse
como dos barcas que se rozan
y se despiden por siempre.
Misterios del destino.
Y están los pocos, los raros, los sagrados,
los que se vuelven senda compartida,
horizonte común,
dos almas caminando juntas
aunque no lo hayan pedido,
tampoco lo hayan imaginado,
aunque tardaran mil vidas en encontrarse.
Ese es el misterio,
la música secreta que guía a los soñadores:
saber que nada es casual,
que cada cruce, cada distancia, cada reencuentro
forma parte de un mapa mayor,
donde la magia escribe en silencio
lo que el corazón aprende a leer.

