Muy adentro, en un rincón que a veces ni uno mismo conoce,
algo se instala despacio, como un susurro que busca lugar.
No siempre sabemos si es huésped o sombra pasajera,
pero con el tiempo descubrimos
que incluso aquello que incomoda puede volverse maestro.
La vida, con su manera sencilla de mostrar lo esencial,
nos recuerda historias como la de aquel anciano
que un día se lamentaba por no tener zapatos.
Hasta que encontró a un hombre pleno y sonriente
que caminaba sin pies.
Entonces comprendió que la gratitud abre puertas
que la queja mantiene cerradas.
Y así, paso a paso, entendemos que la verdadera libertad
no depende de lo que ocurre afuera,
sino del espacio luminoso que cultivamos dentro.
Quien se conoce, quien ha despertado a su propia claridad,
camina ligero:
nada puede quitarle la paz que nace de su centro.

