Cambiamos…
sí, todo cambia.
El corazón muda su piel como los árboles su otoño,
la mirada aprende nuevas formas de ver la misma luna.
No somos los mismos de antes —
ni tú, ni yo, ni el eco de nuestras risas—.
El tiempo nos roza con dedos de alquimia,
nos pule, nos transforma,
nos enseña que vivir es perder y volver a florecer.
A veces decimos olvido,
pero en verdad decimos sanar.
La memoria no borra: acomoda,
bebe del río que pasa
y deja en la orilla solo lo que todavía brilla.
Cambiamos para no doler igual,
para poder amar distinto,
para reconciliarnos con la sombra
y hallar en ella una chispa de luz.
Porque la vida no se repite,
ni siquiera en sus gestos más suaves.
Cada mañana es una versión nueva del mundo,
cada lágrima es un océano distinto.
El amor también cambia —
se disfraza de despedida,
renace en otra piel,
y sigue siendo él mismo:
esa llama que nunca se rinde.
Así andamos,
mutando entre luces y crepúsculos,
aprendiendo que el cambio
no es perderse,
sino volver al alma,
más libre,
ligera,
más viva.



