Cuando Todo Cambia

Cambiamos…
sí, todo cambia.
El corazón muda su piel como los árboles su otoño,
la mirada aprende nuevas formas de ver la misma luna.

No somos los mismos de antes —
ni tú, ni yo, ni el eco de nuestras risas—.
El tiempo nos roza con dedos de alquimia,
nos pule, nos transforma,
nos enseña que vivir es perder y volver a florecer.

A veces decimos olvido,
pero en verdad decimos sanar.
La memoria no borra: acomoda,
bebe del río que pasa
y deja en la orilla solo lo que todavía brilla.

Cambiamos para no doler igual,
para poder amar distinto,
para reconciliarnos con la sombra
y hallar en ella una chispa de luz.

Porque la vida no se repite,
ni siquiera en sus gestos más suaves.
Cada mañana es una versión nueva del mundo,
cada lágrima es un océano distinto.

El amor también cambia —
se disfraza de despedida,
renace en otra piel,
y sigue siendo él mismo:
esa llama que nunca se rinde.

Así andamos,
mutando entre luces y crepúsculos,
aprendiendo que el cambio
no es perderse,
sino volver al alma,
más libre,
ligera,
más viva.

cambia

Pasado, cuando el futuro existía

Hace mucho,
cuando el pasado ya se vestía de futuro,
nos sucedimos.
No sé si fuimos amor,
o sólo dos vacíos
que se confundieron con abrigo.

No recuerdo habernos querido,
tal vez porque nunca lo hicimos.
Nos dolía tanto la soledad
que creímos ingenuamente
que podíamos llenarnos el uno al otro,
como quien intenta beber de un cuenco roto.

Nos desgraciamos,
sin intención pero sin piedad.
Ni tú me querías,
ni yo a ti,
aunque llenábamos la boca de promesas
que sabíamos no cumpliríamos jamás.

¿Lo recuerdas?
Yo apenas.
Pero los papeles dicen que nos casamos,
como si un sello pudiera
nombrar lo que nunca fue.
Pasado pisado, dicen; dijimos.

Hablábamos mucho,
hacíamos poco.
Nos unía el cuerpo,
esa trinchera donde evitábamos
vernos realmente.
Nos tumbábamos, sí,
pero no para encontrarnos,
sino para olvidarnos.

Luego, ni eso.
El deseo se volvió rutina,
una coreografía vacía
que repetíamos por costumbre,
no por fuego.

No me malinterpretes:
conocer tu cuerpo fue preciado,
quizá porque jamás quise saber tu alma.
Fui carne, no rostro.
Fui pecho, no sonrisa.
Tú fuiste verbo hueco
y mirada perdida en lo evidente.

Nunca fui tu belleza,
solo tu opción mientras nadie más miraba.
Y tú, hablador, soberbio,
fuiste el desconocido
al que llamé “siempre”,
sabiendo que solo duraría un rato.

No nos amamos.
Quizás—con viento a favor—
hubo algo de ternura.
Pero tampoco lo intentamos.

Éramos dos soledades
con miedo a la espera,
dolidos, rotos,
aferrados a la compañía
como tabla de náufrago.

Pero ni eso hicimos bien.
Dejamos hijos llenos de lágrimas.

pasado

Cuando

Cuando el agua clara, espejo del cielo,
era orilla estrecha, refugio de memorias,
y la ribera, un lienzo de suaves arenas,
donde florecían selvas de colores.
Allí vivía el silencio, mi soledad callada,
y un amor dormido entre la distancia y el olvido.

Quizás el cielo, cansado de siempre ser azul,
dibujaba rutas invisibles hacia tu vida,
un tránsito leve, de beso en beso,
donde los labios aprendían el idioma del adiós.
El amor, desgastado por su propio peso,
presagiaba el final que aún no queríamos decir.

Te dije adiós, aunque mi corazón dudaba,
pensando olvidarte, te alejé con un «hasta nunca».
Tal vez fuimos náufragos de ternura,
dos estrellas en caída que nunca supieron orbitar juntas.
Te fuiste de mi playa,
ante un sol que se hundía en su propio orgullo.

La distancia, convertida en juez silencioso,
discutía si nos quisimos poco o demasiado,
como aves cansadas de perseguir el horizonte,
tediosas de mirarse en el vacío.
¿Nos quisimos tanto que dolió?
¿O tan poco que nunca bastó?

Ahora, en la penumbra del tiempo,
veo tu sombra renegar de mi ribera,
el eco de tus labios, que un día fueron míos,
se reconstruye en mi memoria,
como un abrazo de viento que roza pero no queda.

El tiempo, ese reloj obstinado,
que no deja de caer gota a gota,
despluma la certeza de amarte así,
fuera de mí, en aguas que ya no son nuestras.
Y, sin embargo, al pensarte,
un remolino vuelve a abrir paraísos dormidos.

Hoy te digo adiós otra vez,
pero este adiós es un eco infinito,
porque aunque prometa olvidarte,
mi vida entera seguirá pensándote,
como quien guarda un sueño roto
que nunca quiso despertar.

cuando