Manantial de vida,
sueños donde la vida empieza y se forma.
Los ríos nacen donde nadie mira,
en la grieta humilde,
en el susurro previo al torrente.
Así también los sueños:
brotan de una herida que no duele,
sino que hila luz entre lo oscuro.
Soñar lúcido es abrir la puerta
a que las alas quepan en la alergia,
a que el mundo quepa en un deseo.
Porque si lo sueñas, ya es posible:
no como certeza,
sino como semilla que se atreve.
No te salvan las palabras,
ni la intención que flota sin raíz.
Te salva lo que haces cuando nadie cuenta los pasos:
el hábito pequeño, la mano que elige,
el hoy que construye la casa de tu nombre.
Aprende a ser manantial.
Llena tu mente de horizontes íntimos.
Mira al origen, donde el fuego calla
para arder sin prisa,
donde el silencio no es ausencia
sino el útero donde el amor más honesto
echa raíces a tu ritmo.
Y de repente:
nacen sueños que tiñen el horizonte de sonrisas,
nacen sueños que mojan los dedos
y los vuelven verso sobre la piel.
Por si acaso te lo cuento:
la mayoría de los sueños
se quedan siendo sueños.
La mayoría de los corazones
aprenden a vivir sin ellos.
Pero una vez,
en un rato raro y despiadado,
el sueño se hace carne,
y nada —nada—
sobrevive sin cambiar.

