Almas… eternas e infinitas.
Hay alguien para cada uno de nosotros,
no uno solo,
sino varios nombres sembrados en la eternidad,
lazos de amor que no obedecen al calendario
ni al orden de los nacimientos.
A veces son dos,
a veces tres,
otras veces llegan como un pequeño coro silencioso
que atraviesa generaciones,
cruza mares invisibles
y viaja por los cielos del tiempo
para volver a encontrarnos.
Vienen del otro lado del cielo.
Traen otros rostros, otras voces,
manos nuevas…
pero el corazón no duda:
los reconoce al instante.
Porque ya los ha amado
en desiertos bañados por la luna,
en llanuras antiguas donde el viento sabía nuestros nombres.
Con ellos cabalgamos ejércitos olvidados,
compartimos fogones y silencios,
esperamos amaneceres en las arenas del tiempo.
Estamos unidos
por vínculos que no se rompen,
por hilos de eternidad
que ninguna distancia logra desatar.
La mente, desconcertada, susurra:
“Yo no te conozco”.
Pero el corazón sonríe,
porque sí sabe.
Basta el primer contacto,
una mano que se posa sobre la nuestra,
para que el recuerdo despierte.
Ese gesto atraviesa los siglos
y sacude cada átomo del ser,
como si el alma recordara su antiguo hogar.
Nos miran a los ojos
y allí está:
una compañera de viaje a través de las eras.
El corazón se acelera,
la piel se estremece,
y en ese instante
todo lo demás pierde peso,
se vuelve ruido lejano.
A veces sucede que no nos reconocen.
El reencuentro se cumple,
pero el velo permanece.
El miedo, el pensamiento, las heridas,
cubren los ojos del corazón
y no nos permiten retirarlo.
Así de frágil es el destino.
Así de sutil.
Sin embargo, cuando el reconocimiento es mutuo,
la pasión que nace
supera la furia de cualquier volcán.
Una energía antigua se libera
y nos invade una familiaridad profunda,
como si nos conociéramos
más allá de la memoria,
de la conciencia,
más allá incluso de la sangre.
Una mirada,
un sueño,
un recuerdo inexplicable,
bastan para despertar a esas almas.
A veces llegan como hijos,
otras como hermanos,
parientes, amigos entrañables.
Y otras veces…
llegan como el amor que atravesó los siglos
y vuelve a nosotros
para besarnos de nuevo,
susurrando al oído del alma
una promesa intacta:
—Siempre juntos.
Más allá del tiempo.
Hasta la eternidad.

