Oscuridad

Oscuridad es tu mundo…
Si te busco, te desvaneces.
Si te encuentro, ya no estás.
Y la rueda sigue girando,
como si el destino jugara a esconderse de sí mismo.

Parecía un juego, apenas un gesto ligero,
pero no lo era.
Era tu forma de habitar el mundo,
de rozar la vida sin tocarla,
de existir en el reflejo
y no en la llama.

Te movías detrás de la pantalla,
ese vidrio brillante que promete presencia
y entrega ausencia.
Allí donde las formas parecen ciertas,
pero el alma no deja huella.
Allí donde el brillo es prestado
y la verdad espera, paciente,
del otro lado.

Quizá buscabas mi luz
no para compartirla,
sino para cubrir el eco de tu propia noche.
Quizá mis ganas fueron abrigo
para un invierno que no era mío.
Y aun así, no me arrepiento,
porque hasta la ilusión tiene su enseñanza,
y hasta el espejismo sabe señalar el camino hacia el agua verdadera.

Yo creía en el amor,
ese que no necesita máscaras,
ese que no se esconde en vitrinas de cristal.
Tú, en cambio, danzabas con tu reflejo,
alimentando un eco que siempre pedía más,
sin saber que el amor no se consume,
se respira.

Hoy agradezco el tiempo,
incluso el que pareció perderse,
porque fue el maestro silencioso
que me enseñó a distinguir
entre quien abraza con el alma
y quien solo extiende las manos para llenar su vacío.

Y me queda una última imagen,
no como herida,
sino como pregunta suspendida en el viento:

¿Qué encontrará tu corazón
el día en que la pantalla se apague,
y la vida, al fin, te mire de frente
con toda su verdad encendida?

Oscuridad

oscuridad

Almas que regresan

Almas… eternas e infinitas.

Hay alguien para cada uno de nosotros,
no uno solo,
sino varios nombres sembrados en la eternidad,
lazos de amor que no obedecen al calendario
ni al orden de los nacimientos.

A veces son dos,
a veces tres,
otras veces llegan como un pequeño coro silencioso
que atraviesa generaciones,
cruza mares invisibles
y viaja por los cielos del tiempo
para volver a encontrarnos.

Vienen del otro lado del cielo.
Traen otros rostros, otras voces,
manos nuevas…
pero el corazón no duda:
los reconoce al instante.

Porque ya los ha amado
en desiertos bañados por la luna,
en llanuras antiguas donde el viento sabía nuestros nombres.
Con ellos cabalgamos ejércitos olvidados,
compartimos fogones y silencios,
esperamos amaneceres en las arenas del tiempo.

Estamos unidos
por vínculos que no se rompen,
por hilos de eternidad
que ninguna distancia logra desatar.

La mente, desconcertada, susurra:
“Yo no te conozco”.
Pero el corazón sonríe,
porque sí sabe.

Basta el primer contacto,
una mano que se posa sobre la nuestra,
para que el recuerdo despierte.
Ese gesto atraviesa los siglos
y sacude cada átomo del ser,
como si el alma recordara su antiguo hogar.

Nos miran a los ojos
y allí está:
una compañera de viaje a través de las eras.
El corazón se acelera,
la piel se estremece,
y en ese instante
todo lo demás pierde peso,
se vuelve ruido lejano.

A veces sucede que no nos reconocen.
El reencuentro se cumple,
pero el velo permanece.
El miedo, el pensamiento, las heridas,
cubren los ojos del corazón
y no nos permiten retirarlo.

Así de frágil es el destino.
Así de sutil.

Sin embargo, cuando el reconocimiento es mutuo,
la pasión que nace
supera la furia de cualquier volcán.
Una energía antigua se libera
y nos invade una familiaridad profunda,
como si nos conociéramos
más allá de la memoria,
de la conciencia,
más allá incluso de la sangre.

Una mirada,
un sueño,
un recuerdo inexplicable,
bastan para despertar a esas almas.

A veces llegan como hijos,
otras como hermanos,
parientes, amigos entrañables.
Y otras veces…
llegan como el amor que atravesó los siglos
y vuelve a nosotros
para besarnos de nuevo,
susurrando al oído del alma
una promesa intacta:

—Siempre juntos.
Más allá del tiempo.
Hasta la eternidad.

almas

El encuentro que no debía existir

Un encuentro en los albores del infinitito.

En los recovecos del tiempo, allí donde los destinos se rozan sin permiso, ocurrió lo impensable: dos fuerzas absolutas se encontraron cuando jamás debieron hacerlo.
El Amor y la Muerte quedaron frente a frente.

Ella era pálida, envuelta en un manto de silencios antiguos.
Él, encendido, tibio, con la luz temblando en la piel.
Se miraron largo rato, sorprendidos, sin bajar la mirada. El aire se volvió denso, cargado de preguntas sin respuesta.

¿Moriría el amor al tocarla?
¿O se enamoraría la muerte al sentirse mirada?

Ni el mismo Dios pareció querer intervenir.
El Universo, testigo involuntario, guardó silencio y observó.

La Muerte, cansada de acompañar vidas ajenas, sintió por primera vez el peso de su propia soledad. Enamorada tristemente de una existencia vacía, descubrió que también ella podía anhelar. Y ese descubrimiento la volvió frágil.

El Amor, fiel a su naturaleza, quiso salvarla. Creyó que bastaba con entregarse, con arder más fuerte, con demostrar que incluso lo eterno puede transformarse. Pero amar sin ser correspondido no da vida: la quita.

Así comenzó una batalla sin armas.
De amaneceres y ocasos.
Palabras imposibles y gestos que no podían sostenerse.
De intentos por unir lo que no estaba hecho para permanecer unido.

Al final, el Amor se fue apagando en los brazos de la Muerte.
Y la Muerte, al haber amado, dejó de ser eterna: murió de vida.

De aquel encuentro solo quedaron fragmentos, suspendidos en el corazón de los hombres. Por eso soñamos el amor con tanta intensidad mientras caminamos, sin mirar atrás, hacia el abrazo inevitable de la señora del manto negro.

Moraleja:

encuentro

El amor nos enseña a vivir, pero no puede salvarnos de la muerte.
La muerte nos recuerda que todo es finito, y por eso, amar es urgente.
Quien comprende ambos, aprende el secreto más antiguo:
vivir plenamente… antes de que el silencio vuelva a cerrar el círculo.

Preguntas

Preguntas que regresan…

Siempre vuelve una pregunta
que no sabemos contestar.
Como una marea nocturna,
como una estrella insistente
golpeando el pecho.

¿Y si la vida ofreciera
una segunda oportunidad?
¿Lo arriesgarías todo
por volver a ser feliz,
o renunciarías a tu mayor anhelo
para no herir a los demás?

¿Cuántas veces se puede querer?
¿Existe un único amor verdadero,
o son muchos los nombres
que el alma le da a la misma luz?

Los ángeles no lloran cuando se van.
Lloramos nosotros,
los que quedamos en esta orilla
mirando el cielo
como si allí se hubiera ido algo nuestro.

¿Qué duele más:
traicionar a quienes te aman
o renunciar a ti mismo
para no perderlos?

Ahora lo sé.
La última vez que la vi,
sus ojos lagrimeaban
por una luna lejana.
Ella ya sabía
que toda elección cobra su precio,
que siempre algo se pierde
aunque no sepamos por qué
la nostalgia regresa
en cada noche estrellada.

Sabía que bebería
el saber de la ausencia,
esa tristeza espesa,
bocanada de hiel
que a veces deja el destino.

Son cosas que pasan
en los caminos de la vida,
historias que piden ser contadas
para no doler en silencio.

Yo no sé cómo son los ángeles.
Pero una vez conocí uno
con forma de mujer,
el corazón extendido en la mano
como una devoción,
como un milagro breve
que vino a enseñarme
que amar
también es aprender a soltar.

Preguntas

Preguntas que regresan…

Trincheras del corazón

Las trincheras se vuelven paisaje cotidiano…

A veces la vida parece empeñada en golpear siempre al mismo.
Cada día somos testigos de la avanzada que nos toca enfrentar,
esa batalla silenciosa que no siempre se libra con armas visibles.

Vencer o ganar pierde importancia;
lo esencial es mantener al enemigo lejos del alma,
apartado de la lucha interior,
desterrado del corazón.

Quiero ser ganador, sí,
pero por derecho, no por venganza.
Aliarme con el amor, la solidaridad y la confianza,
creer en lo que no se ve
y sostener esa fe necesaria
para sanar heridas y antiguos golpes.

Seguiré construyendo trincheras,
no para atacar, sino para proteger mis sueños.
Lo haré con la ayuda de mis principios,
esos que me fueron legados con dignidad por mis ancestros,
los que ya no están,
pero siguen siendo raíz, abrigo y guía.

trincheras

Donde el presente aprende a soñar

Entre el presente y los sueños
habita el mientras tanto,
un territorio sin fronteras
donde el tiempo se sienta a escuchar.

Allí pueden suceder mil cosas:
el brote invisible de una certeza,
un cambio que aún no tiene nombre,
la calma que ordena lo que vendrá.

Y también puede no pasar nada,
pero ese nada es cielo abierto,
pausa sagrada,
silencio trabajando en secreto.

El mientras tanto no promete ni exige:
simplemente sostiene
el delicado equilibrio
entre lo que es
y lo que aprende a ser.

Domingo y llueve ⛈️

presente

Los misterios del destino

Qué misterios guardan los caminos del destino,
esos senderos de polvo estelar
que se entrelazan sin prisa
bajo la mirada silenciosa del cielo.

A veces, hacemos lo imposible
por acercar un alma a la nuestra:
levantamos plegarias como cometas,
tendemos puentes hechos de esperanza,
hilamos deseos con el hilo más fino del corazón.
Y aun así, nada sucede…
como si el viento eligiera callar
y el universo respondiera con un suave “todavía no”.
Otras veces, sin buscarlo,
dos pasos ajenos se tropiezan,
dos vidas se reconocen,
y el encuentro nace sin esfuerzo,
sin ruegos, sin demanda,
como si todo hubiera estado pactado
antes de nuestro primer respiro.

Hay caminos que jamás se tocan,
corrientes de vida que viajan paralelas al olvido,
como saludos breves
que el tiempo deshace en un soplo.

Hay otros que se cruzan solo un instante,
apenas un destello,
y luego vuelven a alejarse
como dos barcas que se rozan
y se despiden por siempre.
Misterios del destino.

Y están los pocos, los raros, los sagrados,
los que se vuelven senda compartida,
horizonte común,
dos almas caminando juntas
aunque no lo hayan pedido,
tampoco lo hayan imaginado,
aunque tardaran mil vidas en encontrarse.

Ese es el misterio,
la música secreta que guía a los soñadores:
saber que nada es casual,
que cada cruce, cada distancia, cada reencuentro
forma parte de un mapa mayor,
donde la magia escribe en silencio
lo que el corazón aprende a leer.

misterios

Quién

¿Quién guarda los sentimientos,
las horas de espera y los sueños que cosechamos en silencio?
¿Quién atesora las esperanzas, las tristezas,
los deseos de amor
y todas esas emociones que nacen cuando un ser humano siente profundamente por otro?
¿Dónde vive el guardián de los sueños y del amor?

Quizá habite en lo simple.
En una puesta de sol que nos aquieta,
una sonrisa sincera que ilumina sin esfuerzo,
en un abrazo cálido que nos recompone,
o en esa sonrisa que se nos instala al ver sonreír a alguien en una fotografía.
Son gestos pequeños, pero cargados de magia:
instantes que sanan, que nos devuelven la fe en la vida
y nos recuerdan que el amor —en todas sus formas— es un puente eterno.

Lunes… y vuelvo a preguntármelo.
Tal vez el guardián de los sueños vive justo ahí:
en todo lo que nos conmueve sin pedir permiso.

quién

Muy adentro

Muy adentro, en un rincón que a veces ni uno mismo conoce,
algo se instala despacio, como un susurro que busca lugar.
No siempre sabemos si es huésped o sombra pasajera,
pero con el tiempo descubrimos
que incluso aquello que incomoda puede volverse maestro.

La vida, con su manera sencilla de mostrar lo esencial,
nos recuerda historias como la de aquel anciano
que un día se lamentaba por no tener zapatos.
Hasta que encontró a un hombre pleno y sonriente
que caminaba sin pies.
Entonces comprendió que la gratitud abre puertas
que la queja mantiene cerradas.

Y así, paso a paso, entendemos que la verdadera libertad
no depende de lo que ocurre afuera,
sino del espacio luminoso que cultivamos dentro.
Quien se conoce, quien ha despertado a su propia claridad,
camina ligero:
nada puede quitarle la paz que nace de su centro.

adentro

Miramos, miradas

Si lo miramos desde otro ángulo,
la vida se vuelve un río que nunca deja de moverse.
Nada permanece igual, y aun así, algunas huellas
se vuelven eternas en la arena íntima del corazón.
Hay presencias que viven en nosotros sin acompañar nuestros días,
instantes fugaces que brillan como luciérnagas
y caminos que, por más que intentemos, nunca se encuentran.

Nos acercamos, nos reconocemos, nos soñamos…
y también aprendemos a soltar.
En ese gesto nacen los silencios:
espacios que parecen vacíos,
pero que en verdad son semillas donde germina la propia voz.
Ahí, en ese abrazo invisible,
descubrimos que nunca estamos del todo solos:
siempre nos acompaña la esencia que somos.

Y cuando al fin levantamos la mirada,
comprendemos algo dulce y profundo:
extrañar no es perder,
es permitir que alguien siga habitándonos en silencio,
como una luz suave que permanece,
aunque ya no escuchemos sus pasos cerca.

miramos