Hijos del Tiempo

tiempo

Hay cosas que llevan su tiempo
y otras que el tiempo se lleva.
Es la ley del universo.
Fluir, eternamente cambiar.

El río no se detiene, siempre avanza,
llevando consigo historias, memorias,
dejando atrás lo que ya fue,
abrazando lo que está por venir.

Las estrellas nacen y mueren,
dejando su luz en el vasto firmamento,
recordándonos que incluso la eternidad
tiene sus ciclos, sus transformaciones.

El viento acaricia las hojas,
las lleva consigo en un baile sin fin,
cambiando paisajes, creando nuevas formas,
un susurro constante de movimiento y vida.

Los momentos se desvanecen como arena entre los dedos,
pero cada grano cuenta una historia,
un fragmento de la infinita danza
de creación y destrucción, de comienzo y fin.

Aceptar esta ley del universo
es entender la belleza del cambio,
la serenidad en el flujo constante,
la magia en cada transformación.

Fluir, eternamente cambiar,
es encontrar la paz en el movimiento,
la sabiduría en la impermanencia,
la alegría en cada respiro, en cada latido,
en la certeza de que todo lleva su tiempo
y todo encuentra su lugar en el sabio orden del universo.

tiempo

 

Sonrisa

sonrisa

Una sonrisa puede cambiar el mundo.
Por eso, las almas dulces
las tienen a raudales.
Abrazada con la paciencia,
una virtud olvidada,
en el perchero de las prisas.
Siempre salimos apurados alegando.

La esperanza es una linterna frágil,
que nos guía en la más profunda oscuridad,
aunque tantas veces,
cuando más la necesitamos,
sus pilas se agotan y nos deja en la penumbra.

El perdón nos da paz y nos ayuda a sanar,
por eso vemos a tanta alma noble,
cual cura en confesionario
perdonando y perdonando.

Espera hasta ver el nuevo día,
Verás todo cambiará.
La vida es una fiesta continua,
el tiempo, compañero silencioso,
nos sienta juntos en su mesa,
recordándonos que somos sueños
y destellos de estrellas.

En este vasto universo, nuestro amor brilla,
una luz que nunca se apaga,
guiándonos siempre hacia la eternidad juntos,
iluminando el camino con nuestros corazones entrelazados.

Somos amor, ese bello sentimiento,
que ilumina nuestra eternidad.
Por vibración nos encontramos en los rincones del universo,
por amor nos amamos y nos besamos,
vida tras vida, camino a la eternidad.

sonrisa

Al caer el sol

caer el sol

Cada tarde, al caer el sol, un hombre se sentaba en un banco antiguo de un parque olvidado. Allí, en ese rincón donde el tiempo parecía detenerse, contemplaba lo que alguna vez fue una postal compartida. Las hojas caían con lentitud, como suspiros de un pasado que se negaba a desaparecer y los árboles se inclinaban suavemente, en un abrazo de nostalgia.

Solían sentarse juntos, entrelazando sus manos y compartiendo sueños bajo el cielo infinito. Sus risas llenaban el aire y sus miradas hablaban de un amor profundo e inquebrantable. Pero la vida, con su marea implacable, los separó. Ella se fue, llevándose consigo una parte de su alma.

El parque, que antes era testigo de su felicidad, ahora era el santuario de su soledad. Cada día, el hombre regresaba a ese banco, esperando un milagro, un retorno imposible. Su esperanza era un faro que brillaba en la oscuridad de su desconsuelo, una llama tenue que nunca se extinguía.

Miraba el horizonte, el lugar donde solían imaginar un futuro juntos, ahora solo un recuerdo lejano. Cada puesta de sol era un ritual, una ceremonia de nostalgia y amor inalterable. Cerraba los ojos y, en sus sueños, la veía acercarse. Sentía su presencia, escuchaba su risa y, por un momento, todo volvía a ser como antes.

La soledad era su única compañía, pero no estaba dispuesto a dejar ir ese amor perdido. La rutina de la espera se convirtió en su vida, un ciclo eterno de esperanzas y sueños. Aun sabiendo que era improbable su regreso, se aferraba a la creencia que, en algún rincón del universo, sus almas se reencontrarían.

Así, día tras día, seguía y seguirá esperando, porque a veces, la esperanza es la única que queda cuando todo lo demás se ha desvanecido.

caer el sol

 

Presuroso y urgente

presuroso y urgente

Presuroso y urgente, cual bombero acudí a tu llamada,
decidido a apagar el fuego de tu corazón.
Llegué sin una gota de agua,
las heridas de la vida habían roto el depósito del corazón.

Con las manos vacías y el alma desgastada,
me enfrenté a las llamas que ardían en tu pecho.
El calor de tu dolor, intenso y voraz,
quemaba mis intentos, mi voluntad de socorro.

Sin agua, sin bálsamo para tu sufrimiento,
sólo quedaba mi presencia, mi anhelo de consolar.
Me acerqué con cuidado, con temor y esperanza,
ofreciendo mis palabras, mi ser, como un refugio.

A veces, el agua no es lo que apaga el fuego,
sino la cercanía de un alma compasiva,
el abrazo silencioso, la promesa de estar ahí,
aun cuando las llamas parezcan inextinguibles.

En el reflejo de tus ojos, vi la desesperación,
pero también una chispa de resiliencia, de vida.
Y supe que aunque mi depósito estaba roto,
mi corazón aún podía ofrecer consuelo.

Así, presuroso y urgente, permanecí a tu lado,
sin agua, pero con la fuerza de mi compañía,
creyendo que juntos, en la batalla contra el fuego,
podríamos hallar la calma, la curación, la paz.

presuroso y urgente

Obra de teatro

teatro

En esta obra de teatro llamada vida, nos dieron un papel. Era secundario, nunca principal y el guión tenía un beso, uno de ficción.

Yo no sabía besar y besé con pasión, por eso la bofetada y el reto del gran director. Siempre fui un mal actor, hasta me enredé entre bambalinas y cuando no era el momento, tiré del telón descubriendo verdades y tapando la actuación. Errores que cometemos los malos actores. El escenario de la vida nos ofrece escenas improvisadas, donde los ensayos son apenas un susurro del destino. En cada acto, nos enfrentamos a líneas no escritas y aunque nos dieron un papel secundario, a veces la vida exige interpretaciones más auténticas de lo que cualquier guión podría prever.

En esa ocasión, cuando el beso marcado en el libreto se tornó en un acto de verdadera pasión, rompí la barrera entre la ficción y la realidad. Fue un error que me costó la reprimenda del gran director, pero también un momento en que sentí la verdadera esencia del teatro y de la vida.

Como un mal actor, me enredé entre las sombras del escenario, tirando el telón cuando las luces aún no estaban listas para el final. Revelé secretos ocultos, mostré mi vulnerabilidad en escenas donde la máscara debería haber permanecido intacta. Mis tropiezos, mis caídas, fueron notas discordantes en la sinfonía de la actuación, recordatorios de que la vida misma no siempre sigue un guión preestablecido.

Cada error cometido, cada línea olvidada o gesto mal calculado, se convirtió en una lección grabada en el gran libro de mis experiencias. Aunque el papel asignado nunca fue el principal, la intensidad con la que viví cada momento, la verdad con la que enfrenté cada escena, me enseñaron que incluso los secundarios pueden brillar con luz propia.

Así, en esta obra infinita y cambiante, seguimos adelante, aprendiendo de cada caída, de cada bofetada del destino, transformando nuestros errores en sabiduría. Porque, al final del día, todos somos actores en el vasto teatro de la vida, intentando dar lo mejor de nosotros mismos, mientras las luces nos guían hacia el próximo acto.

teatro

 

Hormigas

hormigas

Hay personas que son como hormigas.
Nos piden una hojita y después se llevan hasta nuestro tallo,
dejándonos desnudos y vacíos.
Y entonces vienen las que dicen que nos van a sanar,
pero también se llevan nuestras ramas secas,
nos quitan hasta la maceta y nos dejan con la raíz desnuda.
El viento sopla y se lleva la tierra
que ya el sol se encargó de secar
y la luna nos reclama ensuciar su plateada acera.

Entonces, la vida nos acurruca
y nos regala un helado, con sus gustos, nunca los nuestros.
Nos deja melosos para las nuevas hormigas voraces
que todavía no han llegado
y ella misma se come hasta el barquillo.
Una planta sin hojas no sabe ni puede comer helados.

En esta metáfora de la existencia, somos plantas frágiles,
arraigadas en la tierra de nuestras experiencias.
Las hormigas, con su insistente labor,
son las personas que, en su afán de obtener algo de nosotros,
terminan llevándose todo.
Nos despojan de nuestras hojas, nuestras ramas,
e incluso de nuestras raíces,
dejándonos expuestos y vulnerables.

Luego llegan aquellos que prometen curarnos.
Nos despojan de lo seco y lo muerto,
pero en su afán de ayudarnos,
también se llevan nuestra maceta, el hogar que nos sostiene.
Quedamos así, con las raíces al descubierto,
a merced de los elementos.
El viento se lleva la poca tierra que nos queda,
secada por el sol implacable
y la luna, en su majestuosidad, nos acusa
de ensuciar su brillante camino nocturno.

La vida, en su ironía, nos ofrece un helado,
un consuelo dulce pero inapropiado.
Nos da sabores que no elegimos,
dejándonos pegajosos y listos
para el próximo enjambre de hormigas.
En nuestra forma vegetal,
no podemos disfrutar de este helado;
no tenemos hojas ni flores para saborearlo.
Somos una planta despojada, incapaz de deleitarse
en los placeres simples que la vida nos ofrece.

Esta alegoría nos enseña sobre la naturaleza
del dar y el recibir,
sobre cómo algunas personas pueden
drenar nuestras energías
mientras otras, aunque con buenas intenciones,
pueden dejarnos igualmente expuestos.
Sin embargo, también hay una lección
de resiliencia y adaptación.
Aunque nos veamos despojados y vulnerables,
la vida sigue y debemos encontrar
la manera de florecer nuevamente,
de echar raíces en nuevas tierras
y de protegernos de las hormigas
que buscan aprovecharse de nuestra bondad.

Como decía Culóstenes, si la vida te da la espalda,
tócale la sentadera🤭

Aunque ahora dudo si era Culóstenes 🤔

 

hormigas

Viejo

Viejo

Me levanté, mientras me lavaba la cara, elevé la vista y me dije:
Vaya, ¡¡que me estoy volviendo viejo!!

No, no me estoy volviendo viejo.

Me estoy volviendo asertivo, selectivo de lugares,
personas, costumbres e ideologías.

He dejado ir apegos, dolores innecesarios,
personas tóxicas, almas enfermas y corazones podridos,
no es por amargura, es simplemente por salud,
paz, tranquilidad y sobre todo…

AMOR PROPIO.

Cada arruga es un poema de vida,
cada cana un rayo de sabiduría
y cada cicatriz una lección aprendida.
Kintsugi, dice mi maestra.

No me estoy volviendo viejo,
me estoy liberando de las cadenas del juicio ajeno
y abrazando la plenitud de mi ser.

He elegido caminos de serenidad y auténtica compañía,
en lugar de senderos llenos de ruido y superficialidad.
Mi corazón ahora late al ritmo de mi propia verdad,
sin ataduras ni compromisos impuestos por otros.

No me estoy volviendo viejo,
estoy floreciendo en mi propia esencia,
dejando atrás las sombras de las expectativas ajenas
para iluminarme con la luz de mi propio valor.

Y en ese renacimiento, he descubierto que la soledad
no es más que la compañía más pura,
el refugio donde el alma encuentra su voz más sincera.
Estar solo es una más,  de las tantas circunstancias
que tiene la vida, ni más ni menos que eso.

Así, con cada paso firme y cada decisión consciente,
me estoy convirtiendo en la versión más auténtica
y amorosa de mí mismo,
un hombre en paz con su historia y lleno de esperanza por el futuro.
Y eso, más que un signo de vejez,
es el verdadero signo de la sabiduría y el amor propio.

Viejo

Como la Luna

la luna

Surcas mi vida como la luna surca los cielos,
luminosa en silencio y lejana. La luna es como mirarte:
tan lejana y tan brillante a la vez.
Con tus días oscuros y tus días claros y cansados,
mientras te observo. Siempre perseguido por la ausencia.
Imaginando que eres tú la luz que viene
asomando por levante a despegar mis sueños y elevarme.
Pero ella no sabe que guardo la hermosura de tu pelo
y la luz de tu mirada, de la mano junto con tu luz.

Eres la musa que inspira mis noches,
el faro que guía mis días.
Cada destello de tu ser es un eco en el universo de mi alma.
Melodía que resuena en la quietud de mi corazón.
En el silencio de la noche, cuando la luna se alza en su plenitud,
es tu imagen la que brilla en mi mente,
envolviéndome en un manto de serenidad y deseo.

Tus días oscuros, como las fases de la luna,
me recuerdan la dualidad de nuestra existencia.
No siempre somos completos, no siempre somos perfectos.
Pero en esa imperfección, en esos momentos de sombra y luz,
encontramos la belleza de ser humanos.
Tu lejanía no disminuye el fulgor de tu esencia,
al contrario, lo magnifica,
haciéndome anhelar tu presencia con más intensidad.

Mientras te imagino, siento que cada pensamiento me eleva.
Me transporta al lugar donde los sueños y la realidad se entrelazan.
Eres la luz que rompe el alba, la chispa que enciende mi inspiración.
Y aunque la luna no sabe que en mi corazón guardo
la hermosura de tu pelo y la luz de tu mirada,
tú y yo compartimos ese secreto.
Un vínculo sagrado que trasciende el tiempo y la distancia.

En cada anochecer, cuando el cielo se viste de estrellas,
sé que tu luz, como la de la luna, seguirá iluminando mi camino.
En la distancia, el amor y la belleza pueden ser tan tangibles
como los rayos de luz que nos acarician desde el horizonte.

 

la luna

El Chino

el Chino

En la noche profunda de la ciudad,
donde las sombras se mezclan con los sueños rotos,
vivía un hombre conocido como «el Chino».
Aunque nacido en algún rincón de Sudamérica,
sus raíces eran de tierra humilde,
pero su vida, una danza con el peligro,
lo había llevado a las frías calles de asfalto.

Sueños de riqueza iluminaban su mente,
imaginaba moneda extranjera y mujeres de fama;
ésas que pululan los medios
y un mundo lejos del hambre y del frío.
Su hogar eran la calle y alguna plaza oscura,
su almohada, una pistola cargada con sus esperanzas.
Una vez, a los doce años,
conoció a Dios en un cruce de balas
y por un milagro, su vida fue perdonada.

En otra esquina de esa urbe indiferente,
un policía patrullaba con determinación.
Su uniforme, un escudo contra el mal,
pero su corazón,
una historia de errores y arrepentimientos.
Había dejado atrás a su hijo,
cegado por el deber,
sin ver que el abandono era un crimen silencioso,
una herida que el tiempo no cerraba.

El niño, ahora crecido,
conocía el hambre y la miseria como únicos amigos.
Sin un guía, su camino lo llevó a las sombras
donde «el Chino» reinaba.
La vida los unió en una encrucijada amarga,
donde el destino se burla de los hombres
y los sueños mueren.

El policía, en su lucha contra el crimen,
encontró su peor enemigo en el reflejo de su propio error,
su hijo perdido en la penumbra.
En un enfrentamiento inevitable,
las balas volaron como promesas rotas
y en el suelo, el eco de su propio dolor resonó.
La vida de «el Chino» se extinguió
junto con los sueños del niño abandonado,
en un final donde ni la justicia ni el amor
encontraron redención.

 

el Chino

Cambiamos

Cambiamos

Siempre cambiamos. Muchas veces entregamos amor, estamos pendientes de los demás, nos desvivimos y preocupamos por ellos. Y siempre encontrarán algún pequeño defecto en nosotros.

Cambiamos, ¿verdad? La vida, las experiencias, los desengaños, hacen que las personas cambiemos.

Y aun así, te dicen… los escucho tan seguido: Cambiaste mucho.

¿Tendrán razón? Cambié.

¿Y tú? ¿Nunca cambiaste?

Los vientos de la vida nos moldean, nos transforman y en cada giro del destino, somos distintos, reflejando las huellas de nuestras vivencias.

El cambio es la esencia del ser humano, una danza perpetua con el tiempo y las circunstancias.

Así, cada día nos levantamos, nuevos y diferentes, con los aprendizajes de ayer y las esperanzas de mañana. Los que no ven su propio reflejo en el espejo del cambio, son los que se quedan atrapados en la ilusión de la permanencia. Porque al final, cambiar es vivir, y vivir es aprender a ser.

Cambiar es parte de la misma esencia de la vida. Aprender, corregirnos y dar nuevos pasos es un ciclo constante.

Algunos cambios están llenos de sueños, otros en cambio, buscan un momento mejor, un lugar mejor; son más prácticos que soñados, pero cambios al final.

Cada transformación es una danza con el tiempo, un reflejo de nuestra capacidad de adaptarnos y crecer.
La vida nos ofrece un lienzo en blanco con cada amanecer y es nuestra decisión qué colores y trazos usaremos para pintarlo. A veces, esos trazos son borrosos y titubeantes, otras veces, son firmes y llenos de propósito.

La esencia de cambiar radica en nuestra capacidad de ver más allá del horizonte inmediato.

De soñar con lo que puede ser mientras navegamos las aguas de lo que es.
En cada cambio, llevamos la esperanza de un nuevo comienzo, una nueva oportunidad de ser la mejor versión de nosotros mismos.

El cambio es inevitable, pero cómo lo abrazamos define nuestra jornada. Es una mezcla de sueños y realidades, de aspiraciones y pragmatismo.

Y aunque cada paso que damos puede parecer pequeño, en el gran esquema de la vida, cada uno es un componente esencial de nuestro crecimiento y evolución.

Al final, es en estos cambios donde encontramos nuestra verdadera esencia y nuestro propósito en la vida 💛

Cambiamos

 

error: Letras de los Sabios!!