El mar lo sabe

Todos los ríos van al mar,
pero el mar jamás se llena.
Guarda el secreto del eterno fluir:
los ríos siempre regresan
al lugar de donde partieron,
para comenzar a correr de nuevo.

Y el mar lo sabe desde siempre.

Sabe de la nube que sueña altura,
del arroyo cristalino que nace tímido,
de los juncos sedientos que tiemblan de vida,
de la arena ardiente que quema memorias.

El mar lo sabe desde siempre.

Apenas mira de reojo
el reloj de arena en su bolsillo de playa,
como quien comprende
que todo tiene un tiempo bajo el sol.

El mar lo sabe.

Sabe de la luna de plata
besando la espuma,
bebiendo estrellas
como quien bebe historias antiguas.

Sabe que uno solo lleva consigo
lo que guarda adentro;
lo de afuera
se lo lleva el viento.

El mar lo sabe desde siempre.

Infinita es la marcha de la ola
que nace valiente,
avanza, se rinde,
y vuelve a ser nada
abrazada por la arena.

Arena que marca el tiempo
en el bolsillo de playa y oro
del eterno, inmortal corazón de agua.

La luna baja el telón, ya es de noche otra vez.

mar

Itxaso, hija del agua

Itxaso se llama,
pero los antiguos la habrían llamado thalassa,
náyade o ninfa de espuma salada,
porque hay mares que caminan en forma de mujer
y no se puede mirar su alma sin empaparse.

Le dicen Itxa,
como si al pronunciar su nombre en diminutivo
el universo quisiera contener lo incontenible,
acunar el oleaje
que vive entre sus costillas.

Es amante del silencio,
pero no de ese que calla—
sino del que escucha,
del que limpia,
del que reposa como el mar en luna nueva
esperando su ciclo de bruma y renacimiento.

Practica el yoga de Cachemira,
como quien invoca lo sagrado sin palabras,
tejiendo con su cuerpo
una plegaria en movimiento
que sólo los sabios pueden leer entre las olas.

Sus ojos,
color del Cantábrico profundo,
contemplan sin exigir.
En ellos habita la ternura del azul en calma
y la fiereza del gris que anuncia tormenta.

No es solo paz:
es corriente subterránea,
intuición que no necesita mapa,
es la tempestad justa
que viene a romper la roca
cuando la calma ha sido demasiado larga.

Porque ella sabe
que hasta el mar más sereno
debe alzarse de tanto en tanto
y hablar en voz alta,
con espuma, con trueno,
con el poder de quien no pide permiso para ser.

Itxa es eso:
el equilibrio sagrado entre lo que acuna
y lo que arrasa,
entre lo que cura
y lo que transforma.

Y quien logre danzar con su oleaje,
no saldrá ileso—
saldrá nuevo.

Itxaso

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Ojos de Mar y Cielo

En tus ojos reflejado el mar,
profundo y misterioso, lleno de secretos.
Tus labios, horizonte donde el cielo
y el océano se encuentran,
una línea etérea, forjando sueños y aventuras.
Allí, en el borde mismo de tu sonrisa,
se oculta el deseo de explorar lo desconocido,
caminando las arenas, quizás la foto perfecta.

Tu voz, el susurro de las olas en la noche,
envuelve en un canto de sirena.
Cada gesto tuyo, una brisa marina,
que refresca tu espíritu y lo llena de vida.

En la bruma de la mañana, tu mirada un faro,
guiando corazones perdidos entre tempestades.
Cada parpadeo, un reflejo, una captura
de estrellas en la mar nocturna,
un faro en la distancia que susurra promesas.

El viento lleva el eco de tus risas,
olas que rompen suavemente
en la costa de mil pensamientos.
Y así, navegando en tu presencia,
suspiro que se pierde y se encuentra,
como un marinero que siempre busca,
pero nunca quiere hallar el final.

Tu sonrisa, un atardecer en tierras lejanas,
donde el sol se encuentra con el mar en un beso eterno.
Cada risa tuya, una melodía que el viento susurra,
envolviendo el corazón en un lazo de ternura.

Tus abrazos, un puerto seguro,
un barco sosiego, descanso y consuelo.
En cada foto, siento la caricia del viento,
que me lleva a las costas de tu amado Cantábrico.
Fotos que flotan suaves,
acariciando pensamientos.
Risas, campanas en la distancia,
Que resuenan en el valle de los sueños.

Tu amor,  un faro en la tormenta,
guía de caminos en la oscuridad.
Eres el ancla que sostiene,
y el velero que lleva a soñar.
En cada foto, en cada postal
con epígrafe Belén Sisto.

 

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