Lo que nunca existió

Hay amores que no fueron,
pero laten en el silencio
como una flor que nunca abrió sus pétalos
y aun así perfuma el aire.

Hay verdades que se esconden
bajo la lengua,
palabras que tiemblan
antes de nacer,
miradas que dijeron demasiado
cuando el corazón aún callaba.

Nos mentimos sin saberlo,
creyendo que el silencio bastaba,
que el gesto o la costumbre
eran un idioma suficiente.
Y sin embargo, en lo profundo,
algo sabía que dolería un día
todo lo que no dijimos.

Fuimos dos que se rozaron
sin encontrarse,
dos mares sin orilla,
dos fuegos que no ardieron juntos
pero que aún se reconocen en el humo.

El tiempo pasó sobre nosotros
como una ola sin nombre,
borrando las huellas,
dejando la certeza tibia
de que hubo algo,
aunque la vida jure que no.

Y así, cada tanto,
cuando cae la noche y el alma se abre,
siento ese eco antiguo,
esa sombra luminosa
de lo que nunca existió
pero nunca se fue.

nunca

Nunca más un amigo igual

Amigo de días eternos,
niños sanos,
dos chispas sueltas
jugando con el viento,
tiernos, salvajes, invencibles.
Dos pequeños vagabundos
de tardes serenas,
pescando en la orilla del río,
con la risa mojada y los bolsillos llenos de nada
y de todo lo que importaba.

En ese albor olor a primavera
—donde nacen los sueños—
íbamos pariendo luz,
fabricando quimeras con las manos vacías de trampas,
sin saber que la infancia
era una patria
de la que uno se exilia sin querer.

A los doce, un niño no miente,
y yo no mentía cuando dije
que nunca habría un amigo igual.
Lo juro
con el mismo fervor de entonces,
como se jura lo eterno
sin saber que un día
lo eterno se va.

Nos prometimos lealtad entre veredas rotas,
noches oscuras,
cielos transparentes
entre novias de fantasía
y versos en una vieja
guitarra desafinada,
entre risas que no se borran
y secretos que aún viven
en mis noches calladas.
Nunca separarnos:
vivíamos el lujo
de los inmortales,
que al paso del tiempo
jamás le dan importancia.
Siempre amigos,
decíamos con la sangre joven
y los ojos llenos de utopía.

A los dieciocho,
la vida era promesa.
Y nosotros dos,
guardianes de lo imposible.

Después…
la vida —esa señora sin piedad—
nos fue soltando los dedos.
Él perdió el amor
a las simples cosas,
yo perdí el rumbo,
díscolo del sistema.
A veces nos mensajeamos,
como quien tantea
un fuego apagado
sólo para comprobar
que no queda más calor.

Ya no hay gracia
en las viejas verborragias.
Él juega al golf los domingos.
Yo juego a estar vivo
entre poemas
y fantasmas de sal.
Él vendió sus sueños.
Yo aún cabalgo el mío,
aunque el caballo ya esté cansado.

Perdimos cosas que jamás
se cuentan en voz alta.
Él lo suyo, yo lo mío.
Tal vez nos cambió el perfume tierno del estío,
esa brisa joven
que ahora es solo eco.
Y sin embargo,
yo no olvido.

Guardo lo que era suyo y mío
como quien guarda una carta vieja
con la tinta corrida pero la emoción intacta.

Quizás él ya no recuerda
aquel monte donde soñábamos
con ser inmortales,
pero yo sí, incluso el río.
Yo lo llevo en el alma
como se lleva una canción
que ya no suena en ninguna radio
pero nunca dejó de sonar adentro.

A veces me pregunto,
si pensará en mí
cuando cae la tarde
y no hay con quién hablar.
Tal vez no.
Tal vez sí.
No importa.

Porque hay personas que ocupan un lugar eterno
en el corazón
aunque ya no tengan
un lugar en la vida.

Y aún así
—con todo lo perdido—
les puedo asegurar,
sin una sola duda,
que nunca,
nunca más
tuve un amigo igual.

amigo

Entre lo Nunca Dicho

Tambaleantes, a veces soberbios,
caminamos sobre lo nunca dicho.
Somos raros, demasiado.
Guardamos palabras en el bolsillo,
en silencio por la calma del otro,
avanzamos como monedas en el mercado de la vida,
donde todo se vende: tiempo, poder,
distracciones y sueños.
Las personas ricas compran tiempo,
las pobres, móviles, zapatillas caras;
las ambiciosas compran poder y control
y las personas perezosas compras distracciones,
vida fácil y pensamientos por otros ya pensados

Pero yo no estoy en venta,
ni siquiera en alquiler.
Aquí me planto y el precio
es tempestad de reproches,
lejos y cerca, un maremoto
por aprender a ser primero,
saber valorarse.

Y ahora entiendes,
por unas personas perdemos la cabeza,
por otras el corazón,
y con algunas, sólo el tiempo,
quitan todo sin notarlo,
mientras nos quedamos
siempre ahí, dándolo todo
sin ser vistos, en silencio
y en los ojos de unas pocas
vemos la dulzura que amarra el alma,
una belleza tan fina que la mirada se rinde.

Ya me iba, pero volví a decirte:
guarda este «te quiero» para el estío,
para el silencio seco de otros días.
Somos dos bocas llenas de versos
que mueren en el silencio,
palabras que flotan en la distancia,
lo no dicho que, al fin, nos pertenece.

dicho