Perdiste la llave.
Te tejieron una jaula de costumbre y de calma,
tan despacio que el hierro se volvió costra del alma.
Sin darte cuenta, el cielo se hizo techo y medida,
y el vuelo, una palabra prohibida y sin vida.
Pero una noche, un roce de lucero en la frente
te abrió una grieta tenue… y viste, de repente,
que la puerta no tiene candado por fuera:
se ablanda desde dentro, con ternura de hoguera.
Porque las almas simples —las que brillan sin ruido—
no empujan las fronteras: las besan al oído.
Ellas tienen la llave que no gira, que canta,
que deshace las rejas con una luz que encanta.
No es huir de la jaula: es saber que el afuera
ya estaba allí contigo, palpando en la espera.
Y al fin, cuando comprendes que el límite era canto,
la prisión se derrumba… y el mundo es tu manto.

