Reflexión de un viernes de julio — antes que regrese el frío y se enfríe el café—
El mundo seguramente no está perdido. Perdidos estamos los hombres que lo pisamos y lo habitamos con total desparpajo. Y encogidos de hombros, como quien camina descalzo sobre tierra sagrada sin darse cuenta de que lo es.
No hace mucho decía que la gran mayoría de los seres humanos. —Quizás ese noventa y nueve por ciento silencioso— solo aspira a vivir en paz, a compartir la vida con sus seres queridos en armonía, a tener lo suficiente para no pasar hambre y un techo que lo proteja del frío.
Pero ese uno por ciento restante, el que en realidad gobierna el mundo y se cree su dueño, piensa justamente lo contrario. Acumula lo que no puede abrazar, guarda lo que no puede llevarse, y llama poder a lo que en verdad es una forma silenciosa de vacío.
Y entre ambos extremos, un paisaje curioso. Humildes que buscan el despertar en silencio, hablando solamente con su propio interior, sin testigos ni aplausos. Y junto a ellos, falsos iluminados vendiendo sanaciones mágicas en formidables cursos de un fin de semana. Con diploma apto para colgar, a prueba de deterioro y de luz solar. Como si el alma pudiera enmarcarse. Como si lo sagrado necesitara certificado.
Es el mundo que decimos nuestro. Las pantallas del mundo nuevo, el ruido disfrazado de conexión. Y mientras tanto, la vida real —esa que no hace ruido— sigue sucediendo en un atardecer, en una mano que sostiene otra mano, en el vapor que sube de una taza de café antes de que el frío la alcance.
Estoy convencido de que el Dios creador sonríe cuando mira o sabe de estas cosas. Y que pese a todo sigue renovando el contrato de inquilinato al ser humano. Porque Dios, desde su infinita perfección, no necesita templos ni adoradores, pues Él no es egoísta, ni vanidoso, ni orgulloso. Solo se alimenta del amor entre los hombres. ¿Sabrá que acá es viernes?
Y el ser humano construyó y caminó en su propio Jardín del Edén, y nunca más volvió a tomar la fruta del árbol del Bien y del Mal. Quizás porque entendió, tarde o temprano, que esa fruta ya la lleva adentro, madurando despacio, toda la vida.
Los soberbios y poderosos creerán que el mundo les pertenece. Los humildes, los que nada tienen, saben que ellos le pertenecen al mundo, y por eso caminan livianos, con el alma libre, sin nada que defender ni nada que temer perder.
Es lo que hay y lo que somos.
Ah, feliz viernes. Y que tu alma te ubique en el lugar correcto.



