El encuentro que no debía existir

Un encuentro en los albores del infinitito.

En los recovecos del tiempo, allí donde los destinos se rozan sin permiso, ocurrió lo impensable: dos fuerzas absolutas se encontraron cuando jamás debieron hacerlo.
El Amor y la Muerte quedaron frente a frente.

Ella era pálida, envuelta en un manto de silencios antiguos.
Él, encendido, tibio, con la luz temblando en la piel.
Se miraron largo rato, sorprendidos, sin bajar la mirada. El aire se volvió denso, cargado de preguntas sin respuesta.

¿Moriría el amor al tocarla?
¿O se enamoraría la muerte al sentirse mirada?

Ni el mismo Dios pareció querer intervenir.
El Universo, testigo involuntario, guardó silencio y observó.

La Muerte, cansada de acompañar vidas ajenas, sintió por primera vez el peso de su propia soledad. Enamorada tristemente de una existencia vacía, descubrió que también ella podía anhelar. Y ese descubrimiento la volvió frágil.

El Amor, fiel a su naturaleza, quiso salvarla. Creyó que bastaba con entregarse, con arder más fuerte, con demostrar que incluso lo eterno puede transformarse. Pero amar sin ser correspondido no da vida: la quita.

Así comenzó una batalla sin armas.
De amaneceres y ocasos.
Palabras imposibles y gestos que no podían sostenerse.
De intentos por unir lo que no estaba hecho para permanecer unido.

Al final, el Amor se fue apagando en los brazos de la Muerte.
Y la Muerte, al haber amado, dejó de ser eterna: murió de vida.

De aquel encuentro solo quedaron fragmentos, suspendidos en el corazón de los hombres. Por eso soñamos el amor con tanta intensidad mientras caminamos, sin mirar atrás, hacia el abrazo inevitable de la señora del manto negro.

Moraleja:

encuentro

El amor nos enseña a vivir, pero no puede salvarnos de la muerte.
La muerte nos recuerda que todo es finito, y por eso, amar es urgente.
Quien comprende ambos, aprende el secreto más antiguo:
vivir plenamente… antes de que el silencio vuelva a cerrar el círculo.

El mercado del diablo

El diablo tiene su mercado…

Cuentan los viejos del pueblo que, en un callejón olvidado donde la niebla se arremolina y los pasos resuenan sin eco, existe un mercado que no figura en ningún mapa. Nadie llega allí por error; solo lo encuentran los que llevan el alma cansada, los que andan con hambre de algo que no saben nombrar.

En el fondo del callejón, bajo un farol que jamás se apaga, el diablo montó su negocio. Desde fuera, el lugar parece una casa abandonada: ventanas tapiadas, muros ennegrecidos y plantas secas que parecen susurrar plegarias muertas. Pero dentro… dentro el bullicio no cesa. Es un zumbido perpetuo de voces, monedas, promesas y lamentos.

Sobre mostradores cubiertos de polvo y telarañas, el diablo ofrece sus mercancías: poder, fortuna, amor, juventud, deseo. Desde frascos con pociones menores hasta cofres rebosantes de pasiones y triunfos. Todo tiene su precio. Algunos pagan con un dedo, otros con un recuerdo, y los más ambiciosos, con su alma entera.
Nada es gratis en el mercado del diablo, y nadie sale de allí siendo el mismo.

Una tarde llegó un hombre pobre, acompañado solo por su perro, un animal flaco pero fiel que lo seguía como sombra. Había golpeado muchas puertas buscando trabajo, pan o simplemente una mirada compasiva.
Cuando vio aquel umbral oscuro, pensó que tal vez allí podrían darle algo, aunque no supiera qué.

Lo recibió un hombre de traje negro, con olor a perfume fuerte, como queriendo disimular un hedor más profundo.
—Ha llegado usted al lugar indicado —le dijo con una sonrisa que no alcanzaba los ojos.

Lo hizo entrar, ató al perro a un tronco seco y comenzó a mostrarle las vitrinas del mercado. Cada una brillaba con un resplandor distinto: la del poder centelleaba como oro; la del amor exhalaba un perfume dulce; la de la pasión ardía como fuego líquido.

El pobre miró, escuchó… y comprendió.
—No tengo nada que ofrecer —dijo con humildad—. Nada me pertenece, ni siquiera mi alma. Ella es de Dios, solo me la prestó un tiempo para cuidarla.

El hombre de negro sonrió con falsa paciencia.
—Siempre hay algo que dar —susurró—. ¿Qué tal el fin de tus penas a cambio de ese perro?

El hombre sonrió también, pero con ternura.
—No hay riqueza que valga lo que vale la fidelidad de un perro. Él no juzga, no traiciona, no pide más que amor. No negocio eso con nadie.

Y se dio media vuelta para marcharse.

Antes de cruzar la puerta, el hombre de negro lo detuvo:
—El mercado no deja ir a sus visitantes con las manos vacías. Llévese un obsequio, un beso. Solo un beso, cuando quiera y con quien quiera. No se lo cobro.

El hombre agradeció con cortesía y se marchó.

Pasó el tiempo, y la vida, en su eterna marea, lo llevó a trabajar de jardinero en una vieja casa a las afueras de la ciudad. La dueña era una mujer serena, de belleza discreta y mirada melancólica, con esa dignidad que solo dan los años y el recuerdo de grandes amores.

Entre ambos nació una amistad silenciosa, tejida de gestos y rutinas. Él cuidaba su jardín; ella cuidaba su mesa. Y sin darse cuenta, el hombre empezó a amarla.
Sabía que era imposible: diferentes mundos, diferentes vidas. Pero un día recordó el obsequio del mercado: “un beso con quien quiera, cuando quiera”.

Y pensó que, tal vez, el destino le ofrecía su momento.

Aquella tarde, mientras el sol se apagaba entre los rosales, se acercó a ella.
Sus ojos brillaban como hechizados, su respiración era un murmullo cálido. La besó. Largo, profundo, como si en ese beso se fundieran todas las vidas del mundo.
Y entonces, de pronto, todo volvió a la calma.

Ella siguió su rutina, sin memoria del beso ni de la pasión que lo había encendido.
El hombre, en cambio, quedó prisionero de aquel instante, condenado a revivirlo una y otra vez en su mente.

Los días se volvieron largos, las noches, pesadas. La casa se llenó de un silencio que dolía. Él se volvió hosco, distante y hasta olvidó al perro, que lo miraba con tristeza desde un rincón.

Una mañana, en un arranque de desesperación, decidió regresar al callejón.

Golpeó la puerta.
El hombre de negro lo recibió con la misma sonrisa imperturbable.
—Ah, volvió. ¿No le gustó su obsequio?
—Vengo por respuestas —dijo el hombre—. Ese beso me quemó el alma.
—No fue el beso —respondió el otro—. Fue el precio. En el mercado del diablo nadie recibe nada sin pagar algo, aunque crea que es un regalo.

El hombre comprendió. Todo lo que había tenido —su paz, su fidelidad, la inocencia de su amor— se había disuelto con ese beso.
El perro, fiel hasta el final, lo esperó días enteros frente a la puerta del mercado, hasta que el silencio lo envolvió también.

Dicen que, desde entonces, cuando el viento sopla por el callejón, se oye un leve ladrido y un murmullo de pasos que no llegan nunca al final.

Porque en el mercado del diablo nadie compra, ni vende: solo se paga.

diablo

Los tres soles y el secreto del monte

Tres soles despuntan.
La fría mañana lo cuenta todo,
sin palabras, sin premura.
Las heladas extienden su manto,
cubriendo el espacio y al tiempo
con susurros de escarcha,
nutriendo con sombras el brote invisible
de una historia que florece
entre los escombros del ayer.

Las hierbas marchitas,
que alguna vez fueron verde esperanza
en alguna primavera sin nombre,
hoy se tiñen de ronchas pardas en la piel,
memoria viva
de besos que ardieron sin respeto,
de caricias que no supieron esperar.

Y aun así,
el día se abre con tres soles
despuntando en el horizonte helado.
No uno,
sino tres latidos de luz
levantándose sobre el follaje dormido.

El primero:
el sol dorado,
que abraza las montañas con dedos tibios
y despierta el canto oculto de la piedra.

El segundo:
el sol del corazón,
ese fuego invisible que late en el pecho
y empuja los sueños con ternura incansable.

El tercero:
el sol de los sueños,
que galopa con ansias sobre los días por venir,
como un caballo de luz
cruzando el río del tiempo.

La brisa de la mañana danza,
libre entre los árboles,
y les arranca verdades en tonos verdes,
pintadas por el pincel solar.

Entonces pregunto al monte,
a ese guardián del misterio:
—¿Cómo se llaman estos tres corazones,
estos apapachos del alma?

Y el monte,
con su voz de savia y piedra,
me responde en silencio:

—Las respuestas están escondidas.
Una duerme en tu alma.
La otra… en el pulso de la vida.

tres soles

Renacer

Renacer entre sonrisas
Un domingo, hace ciento tres años
—o quizás solo un suspiro cósmico atrás—,
nacía este duende gruñón,
con el corazón lleno de fuego
y las manos abiertas al asombro.

Según los sabios chinos,
serpiente de madera,
antiguo y flexible como los árboles
que recuerdan el viento.

Según los egipcios… nadie.
Ellos no creían en duendes,
pero tal vez sí en milagros
que caminan de puntillas.

Ese sol que vive en el corazón,
representante exclusivo de Dios
y que no pide permiso para brillar,
hoy anuncia que comienza otra danza,
una nueva vuelta
en esta espiral de luz y sombra
que llamamos vida.

Hay tanto que agradecer…
Tantas mañanas soñadas con el alba,
tantas lunas compartidas con el sueño,
abrigando con amor cada latido del tiempo.

Feliz renacer para mí.
Feliz vuelta al sol.
Y que las hormigas de la vida
—esas pequeñas obreras del destino—
se lleven las penas y los dolores,
para enterrarlos donde florezcan
nuevos sueños,
nuevas risas,
y alocadas esperanzas.

Hoy es un día común,
sí…
pero el duende gruñón
ríe con el alma.
Porque hoy no se suma un año:
hoy se renace 🌞✨

Feliz renacer, duende del tiempo.

Feliz latido de vida ♥️

renacer

Hace un mes

Hace un mes,
Nos separamos…
y ya está con otra persona.

¿Tan fácil fue olvidarme?

Pero no, no fue olvido repentino.
La verdad es que muchas veces,
una relación termina mucho antes de decir adiós.
A veces, el duelo comienza
cuando aún se duerme en la misma cama,
pero las miradas se esquivan,
las palabras ya no abrigan
y el deseo se disuelve en la rutina.

No dejamos de amar cuando nos vamos,
dejamos de amar cuando dejamos de vernos,
de escucharnos,
de tocarnos el alma.

Y así, los tiempos del duelo se vuelven desparejos:
unos sueltan antes,
otros sueltan después,
y algunos… no sueltan nunca.

Por eso, una relación no muere el día en que te separas,
sino el día en que uno de los dos
deja de sentir,
y empieza, en silencio, a despedirse.
A veces, sin que el otro lo note.

¿Y por qué cuesta tanto soltar?
Porque creemos, en lo más hondo,
que si retenemos,
esa persona volverá a querernos
como al principio,
que algo renacerá.
Pero no vemos que, al aferrarnos,
nos herimos…
y herimos.

Amar también es saber dejar ir.
Porque el amor no se aferra,
el amor abraza,
y si llega el momento,
también suelta.

La posesión y el miedo no son amor,
son cadenas.
Y soltar no es perder,
es liberarse,
abrir espacio a lo nuevo,
honrar el tiempo compartido
y agradecer, incluso, la despedida.

Cuando alguien ya no quiere estar,
se le abre la puerta…
y se le desea buen viaje.
Porque cada alma tiene su camino,
y aprender a soltar
es también un acto de amor.


🪶 Desde el alma, para sanar.

 


mes

Pasado, cuando el futuro existía

Hace mucho,
cuando el pasado ya se vestía de futuro,
nos sucedimos.
No sé si fuimos amor,
o sólo dos vacíos
que se confundieron con abrigo.

No recuerdo habernos querido,
tal vez porque nunca lo hicimos.
Nos dolía tanto la soledad
que creímos ingenuamente
que podíamos llenarnos el uno al otro,
como quien intenta beber de un cuenco roto.

Nos desgraciamos,
sin intención pero sin piedad.
Ni tú me querías,
ni yo a ti,
aunque llenábamos la boca de promesas
que sabíamos no cumpliríamos jamás.

¿Lo recuerdas?
Yo apenas.
Pero los papeles dicen que nos casamos,
como si un sello pudiera
nombrar lo que nunca fue.
Pasado pisado, dicen; dijimos.

Hablábamos mucho,
hacíamos poco.
Nos unía el cuerpo,
esa trinchera donde evitábamos
vernos realmente.
Nos tumbábamos, sí,
pero no para encontrarnos,
sino para olvidarnos.

Luego, ni eso.
El deseo se volvió rutina,
una coreografía vacía
que repetíamos por costumbre,
no por fuego.

No me malinterpretes:
conocer tu cuerpo fue preciado,
quizá porque jamás quise saber tu alma.
Fui carne, no rostro.
Fui pecho, no sonrisa.
Tú fuiste verbo hueco
y mirada perdida en lo evidente.

Nunca fui tu belleza,
solo tu opción mientras nadie más miraba.
Y tú, hablador, soberbio,
fuiste el desconocido
al que llamé “siempre”,
sabiendo que solo duraría un rato.

No nos amamos.
Quizás—con viento a favor—
hubo algo de ternura.
Pero tampoco lo intentamos.

Éramos dos soledades
con miedo a la espera,
dolidos, rotos,
aferrados a la compañía
como tabla de náufrago.

Pero ni eso hicimos bien.
Dejamos hijos llenos de lágrimas.

pasado

Entre el Silencio y la Luz

Entre el Silencio y la Luz, una pequeña novela sobre los hilos invisibles del alma

Habían sido compañeras de trabajo en años distantes, cuando el tiempo aún no sabía de nostalgias. Desde entonces, cultivaron una amistad que echó raíces en la memoria, se conocían como quien conoce el vaivén del mar: a veces tranquilo, a veces tempestuoso, pero siempre fiel a su ritmo.

Con los años, sus respectivas parejas entraron en escena. Fue una casualidad bien dispuesta —como tantas veces obra la vida— la que permitió que ellos también trabaran amistad. Así, las reuniones se volvieron costumbre: cenas sencillas, brindis compartidos, conversaciones que flotaban ligeras sobre el mantel.

El tiempo, siempre paciente, tejía el calendario de encuentros. A veces en una casa, otras en la opuesta. Pero también el tiempo, sabio y silencioso, fue testigo de cómo los afectos no siempre crecen parejo, como los árboles en un mismo jardín. Ella —la de la voz suave y las manos siempre abiertas— seguía siendo amiga entrañable de su amiga, pero algo más profundo se había gestado con el esposo de esta. Un lazo extraño, inexplicable, que no necesitaba nombres ni justificaciones.

Confidentes. Eso eran. De heridas antiguas, de errores que no se confiesan ni a uno mismo. Sus conversaciones eran ríos subterráneos, corrientes de ternura que fluían bajo la superficie de lo cotidiano. Jamás se quebraron los códigos sagrados de la fidelidad; más bien, construyeron uno nuevo, secreto, que solo ellos entendían.

El tiempo, que antes organizaba los encuentros, ahora se limitaba a observar cómo los momentos surgían solos, espontáneos como flores silvestres. Las excusas para verse eran infinitas: un café rápido, una llamada larga, un mensaje enviado al caer la tarde. Y aunque compartían palabras con sus parejas, era entre ellos que las conversaciones se hacían profundas, esenciales.

Nunca hubo sexo. Nunca hubo traición. Solo ese amor callado que a veces arde más fuerte que cualquier pasión. Ambos sabían que algo dormía entre ellos, un susurro de lo que pudo ser y no sería jamás. Y jugaban —como juegan los niños a esconderse— a ignorar lo evidente, a disimular lo que en el fondo ambos sabían. Abrazados al silencio, eternos amigos del silencio.

Se decía, en ciertos rincones del cielo, que sus almas estaban enamoradas desde antes del tiempo. Que en otras vidas se habían buscado y quizás se perdieron. Pero en esta, aquí, entre rutinas, cenas y promesas, eran apenas amigos. Amigos de sus parejas. Amigos el uno del otro.

Y tal vez —solo tal vez— también amigos de ese destino que eligieron no cruzar.

silencio

Regalo del corazón

La vida es  un regalo

A veces las palabras llegan como un abrazo. No se anuncian, no se esperan, simplemente aparecen… y cuando lo hacen, tocan profundo.

Así ha sido el regalo de Nora, una lectora que no solo se detuvo a leer, sino que también se tomó el tiempo de sentir, agradecer y dejar en estas líneas una joya poética que honra este espacio, el alma de este blog, y el lazo sutil que nos une sin vernos. (entrada original: SINCRONICIDAD, CUANDO EL UNIVERSO SUSURRA)

Desde España, Nora nos dejó esta maravilla de texto que no puedo más que compartir con gratitud y emoción (comentario de Nora). Porque este blog no vive de suscripciones, ni de cifras, vive de esto: del vínculo invisible entre quien escribe con el alma y quien lee con el corazón.

Gracias, Nora, por tu sensibilidad, por el gesto desinteresado y por recordarnos que las sincronicidades existen… y cuando llegan, iluminan.

Aquí tu poesía, eterna desde hoy en estas páginas.🙏👇

Conocerte fue sincronicidad
Sentir que me llamas
cuando yo te llamo,
o pensar en ti cuando el crepúsculo
se lleva tu sombra.

Sin tocarte te he amado,
sin conocer tu día
nos despertamos juntos
en habitaciones distantes.

Sincronicidad se llama mi alma
encontrarte para abrir los ojos,
así, se conoce mi camino.

Me alejé para tenerte
y cuando me acerqué
ya me tenías en tus brazos.

Pensé que te habías marchado
y cuando me dormí
subías a mi cama a soñar conmigo.

Soñé contigo
cuando no dormías,
soñamos juntos cuando
la distancia se volvió pesadilla.

Así se conocen los sueños,
solo cuando nuestros cuerpos
sean pura imagen de la mente.

Así empiezan a hablar los ojos,
me llamas así sin llamarme
te encuentro así sin buscarte.

 

regalo

Luchadora de Mil Vidas

Luchadora y valiente.

Vas por la vida, tejedora de historias,
haciendo y deshaciendo con manos de fuego.
Eres una luchadora como los antiguos,
peleando por tu alma, por tu anhelo sincero.

Has cruzado batallas que el tiempo no olvida,
en campos de sombras y en cielos abiertos;
por la vida, la fe, un amor, un misterio,
por ideales que laten dentro del pecho.

Quizás fuiste Artemisa en sus sueños de gloria,
o Bodica, asediando Roma y tu propio destino.
Quizás Zenobia, la reina de Palmira,
o Jeanne Hachette, sin más camino.

Hoy el combate no lleva armaduras,
ni espadas ni estandartes ondeando al sol;
hoy se libra en silencios, en lágrimas puras,
en seguir sin certezas, en dar sin razón.

Guerrera del alma, del tiempo y del viento,
heredera de siglos grabados en piel;
luchadora que cae, se alza y camina,
aunque no sepa si el sueño será de ella.

Tu esencia no muere, no cambia ni flaquea,
es llama que danza en cada amanecer;
y aunque el mundo te hiera o el miedo te apriete,
sigues dejando tu marca, volviendo a creer.

Eres semilla en campos de dudas,
luz encendida en noches sin fin;
luchadora eterna de causas perdidas,
que a fuerza de amor… siempre vuelve a vivir.

luchadora

Los Ecos del Pecado

No ser uno mismo,
el peor pecado.

La envidia entró sin ser vista,
como sombra que acaricia el alma por la espalda.
Miró la vida del otro, su risa, su luz,
y en su pecho creció el invierno,
hasta que no quedó más que hielo frente al espejo.
La envidia… era lo único que quedaba.

La pereza abrazó la cama con ternura de amante,
y el sol, impaciente, se deshacía en la ventana.
“Mañana”, dijo, sin convicción.
Pero el mañana no llegó nunca,
y el hoy se le escurrió como agua entre las sábanas.

La soberbia se peinó frente al espejo,
se vistió de sí misma y salió al mundo creyéndose dios.
Nadie la miró.
Solo un murmullo la acompañó:
«Uno más, creyendo ser único.»
Al caer la noche, solo su voz le hizo compañía.

La avaricia caminó entre montañas de oro,
con las manos llenas y el alma hueca.
Acumuló sueños que no eran suyos
y joyas sin brillo en los ojos.
Le faltó lo único que no se puede comprar:
la paz que se duerme en el pecho.

La ira estalló como trueno entre ruinas,
desgarró el aire con su grito mudo,
pero nadie escuchó su fuego.
Ni siquiera él.
Solo el eco quedó,
temblando entre las cenizas de lo perdido.

La gula vació platos y alacenas,
llenó su cuerpo con ausencias disfrazadas de banquetes.
Y al final, con la boca seca,
descubrió que lo que faltaba no se podía tragar.
El hambre más profunda era del alma.

La lujuria danzó con pasos prohibidos
bajo luces que no conocían el descanso.
En la penumbra, un roce, un beso, un incendio.
Pero el amanecer, cruel y sincero,
barrió las rosas del deseo con su aliento frío.
Y en la memoria quedó
el sabor amargo de lo que nunca fue amor.

Así pasan los días,
pecado tras pecado, como páginas quemadas de un libro sagrado.
Y al final, en la última línea,
un suspiro:
“Fui todo… menos yo mismo.”

pecado