La ridiculez nos enseña

La ridiculez…
Hoy me encontré con un video.
Era un escritor español al que he leído muchas veces, alguien cuya voz había aprendido a reconocer entre las páginas y el aire, entre cien voces.

El título prometía un cambio, una nueva mirada sobre temas antiguos.
Pensé que tal vez el tiempo, ese silencioso artesano, había modelado en él otras formas de ver.

Me senté a escucharlo. Sonaba natural. Íntimo. Inconfundible.

Pero en ese mismo instante, como quien abre una ventana sin pensarlo, deslicé la mirada hacia los comentarios. Y allí estaba la grieta.

“No es él.”
“No es su cuenta.”
“Es una cuenta falsa.”

Una sombra usando su nombre. Un reflejo sin origen. Una presencia sin raíz.

No era homenaje. No era tributo. Era una máscara diciendo ser rostro.

Sentí entonces una leve punzada de ridiculez, esa sensación humilde que llega cuando uno descubre que ha creído en algo que no era.

Pero la ridiculez, cuando no se la rechaza, enseña.

Enseña que vivimos en tiempos donde la forma puede existir sin esencia, donde la voz puede nacer sin garganta, y el rostro, sin alma detrás.

Tiempos donde la imagen imita la vida, y a veces la imitación resulta tan perfecta que el corazón duda de su propia certeza.

Guardé silencio.

Porque el silencio también es un maestro.

Comprendí entonces que no todo lo visible es verdadero, ni todo lo verdadero necesita ser visible.

Hay quienes toman nombres ajenos para construir castillos de atención, porque la atención se ha vuelto moneda, y el ruido, una industria.

Pero el trigo sigue existiendo, aunque crezca rodeado de paja. Y el alma, si escucha con paciencia,
sabe reconocer el peso de lo auténtico, aunque el mundo entero aprenda a falsificar la luz.

Esta mañana de viernes me dejó una enseñanza vestida de torpeza.

Y comprendí que incluso la ridiculez, cuando se la abraza sin vergüenza, puede convertirse
en una forma secreta de sabiduría.

ridiculez

error: Letras de los Sabios!!