La vida es encuentro,
un mágico juego de señas y señales
que nos van guiando en ese interminable buscar
algo que creemos que otros tienen
y nosotros hemos perdido —
o quizás nunca del todo encontrado.
Buscamos parejas
que nos devuelven
incompatibilidad o desilusión,
Analizamos todo menos…
esa comprensión espiritual
que es lo que hace
que dos almas se acompañen
y nos descubrimos solos,
aún rodeados de otros.
Buscamos tribus, buscamos espejos.
Y a veces lo que el espejo devuelve
es confusión, sueños rotos,
porque miramos todo
menos aquello que en el fondo importa:
esa comprensión que no se negocia ni se explica,
ese hilo invisible entre dos almas
que reconocen en la otra
un tramo del mismo camino.
Y así nos descubrimos solos.
Solos aún acompañados.
Solos rodeados de otros.
Una soledad que no es ausencia
porque adentro es señal.
Entonces dejamos de buscar.
Y cuando dejamos de buscar
es porque algo en nosotros
«ya encontró.»
No afuera. Tampoco en el otro.
Sino en ese lugar quieto
donde la búsqueda siempre debió comenzar.
Hay una diferencia inmensa —
un abismo, casi —
entre quien «vive solo»
y quien «vive en soledad.»
Quien vive solo lo sabe desde hace tiempo.
Sabe que es, simplemente,
una manera entre tantas de habitar la vida.
Una elección. O una aceptación.
Que con el tiempo se vuelven la misma cosa.
Y en esa manera de vivir
fue descubriendo, sin prisa,
que nuestra propia esencia
es quizás la compañía
más fiel,
incondicional,
más honesta
de todas las que hemos conocido o conoceremos. Encuentro
La que no se va cuando amanece.
Esa que no necesita que la convenzas.
La que estaba ahí
antes de la primera búsqueda
y estará
después de la última señal.

