El tiempo que fuimos sin saberlo

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Los días traen los meses, los meses los años, y el señor tiempo.  —Ese viejo caminante que nunca se detiene—  va dejando en sus alforjas algo que solo se reconoce tarde: la sabiduría. Esa luz interior que no se compra ni se agota, que madura despacio como fruta en rama, que llega cuando ya no la buscamos.

Hubo un tiempo —y esto lo saben los que lo vivieron en la piel— en que las calles eran de tierra y el polvo era parte del paisaje, del olor, de la tarde. El alumbrado público era una promesa escasa. Un foco amarillo en alguna esquina, cada tantas cuadras, que se encendía como un pequeño sol doméstico convocando a su alrededor toda la fauna del verano. Mariposas, cascarudos, bichos de luz y sombra girando en su órbita fiel. Y abajo, solemnes y satisfechos, los sapos gordos —empanzados de la abundancia que caía— inmóviles como budas de barrio, practicando sin saberlo el arte del contentamiento.

No existía la televisión color. No existían las redes. Internet era una palabra que nadie había pronunciado todavía, y el celular ni en los sueños más extraños aparecía. Alguna casa —las diferentes, las que guardaban cierto misterio— tenía teléfono fijo, y eso todos lo sabían, como se saben las cosas importantes en los pueblos pequeños y en los barrios con memoria.

Así crecimos.

Jugando en los baldíos como si fueran reinos. Pateando pelotas con la seriedad de quien ejecuta algo sagrado. Conversando las horas largas de la siesta subidos a un árbol, balanceando las piernas en el aire, sin saber que eso —exactamente eso— era la libertad en su forma más pura. Esperando, con toda el alma en los oídos, la voz inconfundible de cada madre llamando a tomar la leche. Una voz que era brújula, que era frontera del día, que era el sonido del hogar encontrando a sus hijos dispersos por el barrio.

La escuela no tenía aire acondicionado ni calefacción. Los vidrios rotos por alguna pelota perdida dejaban entrar el frío de julio como un visitante sin modales, y la maestra —esa figura que en aquel tiempo rozaba lo mítico— dictaba su clase entre abrigos apretados, manos heladas y el vaho de la respiración colectiva dibujando nubes pequeñas en el aula. Y se aprendía. Vaya si se aprendía. Porque la precariedad, cuando está rodeada de afecto, no es pobreza. Es escuela de otro tipo.

Lo que nadie nos dijo —porque quizás nadie lo sabía— es que en aquella vida tan sin nada estábamos tan llenos. Llenos de tiempo sin reloj, de juego sin pantalla, de silencios habitados, de presencias reales. La alegría era como los perros del barrio. Aparecía sin aviso, se quedaba sin pedir permiso, te lamía la cara y seguía su camino. La felicidad ocupaba una silla más en la mesa, comía con nosotros, dormía bajo el mismo techo, y nadie le preguntaba su nombre porque era parte de la familia.

Éramos felices.

Y no lo sabíamos.

Esa es quizás la paradoja más hermosa y más triste que guarda la memoria. La felicidad verdadera no se anuncia. No llega con fanfarria ni con notificación. Simplemente está, callada y generosa, tejida en lo cotidiano, en lo simple, en lo que después —mucho después— recordamos con ese nudo suave en la garganta que no es tristeza del todo, sino reconocimiento tardío.

Crecimos. Cambiamos bienes por sueños y sueños por bienes. Trocamos alegrías por sensatez —como si fueran opuestos— e inocencia por placeres que prometían más de lo que daban. Nos volvimos serios. Responsables. Personas adultas y razonables que saben gestionar el tiempo, administrar los vínculos, planificar el futuro.

Y sin embargo.

Antes —cuando no teníamos nada de esto— fuimos más libres. Más enteros. Más vivos, quizás, sin saber exactamente qué era la vida.

La sabiduría que trae el tiempo no siempre llega como respuesta. A veces llega como pregunta: ¿cuándo fue que cambiaste eso que eras por esto que tienes?

No hay culpa en esa pregunta. Solo asombro. Y la invitación suave —casi un susurro del árbol aquel, del sapo quieto, del foco amarillo— a recuperar algo de esa ligereza. No la infancia, que no vuelve. Sino su espíritu. La capacidad de estar en lo simple como si fuera suficiente.

Porque lo era. Lo es. Lo será siempre.

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Lo simple basta

En lo simple habita la alegría,
y en ella,
la verdad desnuda de tu esencia.
No hace falta tenerlo todo
para ser feliz.

Tampoco se puede tenerlo todo,
por eso, entre lo posible,
elijo quedarme con lo mejor:
lo que no pesa,
eso que no hiere,
lo que deja la mochila de la vida
un poco más liviana.

Hay lluvias y hay tormentas.
Unas invitan a mirar el cielo
con los ojos cerrados
y sonreír.
Otras piden paraguas,
abrigo,
y la humildad de buscar refugio.

Caminar despacio,
los pies descalzos,
la sonrisa como compañera.
Cuando eres dueño de tu tiempo,
la prisa pierde sentido
y el reloj aprende a callar.

Soltar.
Dejar que la vida siga su curso,
y que quienes no quieren quedarse
continúen su camino.
Porque tantas veces,
el adiós más doloroso
no es el que se oye,
sino el que se intuye,
ese que grita
con silencios profundos.

Y aun así,
seguir liviano,
caminar en paz,
seguir andando
con lo simple…
que siempre alcanza.

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error: Letras de los Sabios!!