Sol,
escritor de veranos ardientes
y de inviernos pálidos,
motor invisible de tormentas de arena,
de ventiscas saladas,
de lluvias que traen estrellas
y de la caspa sutil
de una luna nueva sin testigos.
Pintor eterno de acuarelas,
con brazos largos
y pinceles infinitos,
vas dejando tu trazo
en el lienzo del mundo.
Cada trazo tuyo
es una estación en movimiento.
Tu obra más perfecta,
la que todo lo redime,
será siempre la primavera:
esa estación que abre los capullos,
florece la tierra,
y enciende una fiesta en los cuerpos
como un carnaval de colores
que celebra la belleza en su estado más puro.
Esa flor que emerge,
nutrida por tu aliento,
alimenta paisajes soñados,
cubiertos de marfil púrpura
en atmósferas suaves
que sólo existen para engalanar su hermosura.
Pero también estás en el contraste:
cuando el invierno sacude los vidrios
y el viento silba hondo por los rincones,
tus memorias arden en la nostalgia
como suspiros de luna
o susurros que hielan lento.
En el verano,
eres más que calor:
arrinconas los jadeos,
los conviertes en sudor enamorado,
vaho lento de deseo,
salitre de tiempo.
Sol,
tú no solo das vida:
la creas,
la dibujas,
la perfumas.
Eres el guardián dorado de nuestros ciclos,
el dios callado de la piel.
Porque cuando tú tocas el mundo,
todo florece.










